miércoles, 1 de abril de 2009

Grabado japonés, anónimo.



"Los pensamientos se inflaman en silencio,
hasta la luciérnaga aparece sin el más leve sonido”

waka,( poema antiguo japonés)

La tristeza de Nodis-ho cayó como una fuerte nevada sobre la compañía del teatro Kabuki. Las voces de los personajes masculinos se agudizaron y los pómulos de las damas se tornaron del color de la tierra de los campesinos. Se suspendieron las representaciones y en las casas de té sólo se hablaba del momento en el que el famoso actor había cerrado su abanico en la pasarela y se había echado a llorar, como si muriera una mariposa.
Nodis-ho parecía sumido en la oscuridad de una laguna. Permanecía todo el día despierto, callado y perdido como una isla, vagando de un rincón a otro del jardín de su bella casa. No respondía a las palabras y le resultaba extremadamente difícil hilar la voz. Su amante, Shango-Tse, le seguía dócil y silente por su viaje a lo desconocido. Le tomaba la mano con la delicadeza con la que se acuna a un pájaro; le acercaba un mantón al caer el sol, cuando los almendros se convertían en sombras de hielo; le llevaba cuencos de arroz cuando Nodis-ho parecía desmayado y le quitaba las liendres de la que antes era su mayor tesoro, su cabellera negra, que ahora lucía libre y cenicienta sobre la espalda de su ser más querido.
Durante diecinueve días Nodis-ho paseó por la senda de los muertos. Por las casas de té se extendió el silencio como una peste que todo lo infecta. Dejaron de reír las geishas y se apagaron los farolillos de las callejuelas. Nadie recordaba una primavera así en la vieja ciudad de Edo, tan llena de hastío, tan descolorida.
Anochecía cuando Shango-Tse, que llevaba dieciocho noches llenándose de agujas el alma, cayó al suelo. Su cuerpo, envuelto en uno de los kimonos de algodón que le había regalado Nodis-Ho, parecía una marioneta desmadejada y absurda. El actor no lo descubrió hasta que el sol recortó la silueta de uno de los melocotoneros de su jardín y un cuervo batió las alas frente a su mirada hueca. La escarcha cubría el rostro de aquel que más le había amado. Las manos azuladas conservaban el brillo de las luciérnagas que juntos habían cogido en las noches de verano. Los pies, cubiertos de tierra y sangre, arados de dolor y respeto, le arrancaron la primera lágrima al que un día fuera el más famoso onnagata de Edo.
Nodis-ho se arrodilló junto a su amante y besó sus dedos. Lamió sus heridas y se abrazó a su vientre tratando de devolverle la vida que le había arrebatado. Pero era tarde y al mirarle, al descubrir la oscuridad en los ojos que tanto le habían deseado, encontró el reflejo de su laguna negra. Creyó navegar por ella, muerto, como iban las muñecas cauce abajo, en las fiestas de su infancia.
Regresó al kabuki y pidió su kimono de doce capas, de una seda tan carmesí como los bosques de coral, el más bello que jamás se había visto en la ciudad. Cubrió su rostro con polvos de arroz y sus lágrimas pintaron ríos de desconsuelo sobre sus mejillas. Se recogió el cabello en un sencillo peinado y se perfumó con peonías antes de pintar sus dientes de negro para salir a escena.
Escondido tras su abanico cantó aquella noche con la delicadeza del agua en los jardines del emperador. Su voz llenó de ruiseñores el teatro y la tradición cuenta que el público no pudo corear su nombre, pues un nudo de salitre y lástima se pintaba en sus miradas mientras las geishas lloraban por la belleza desesperada de su cántico en los rincones dormidos del barrio del placer.
Se colgaron carteles y se fueron encendiendo uno a uno los farolillos. Un sordo rumor fue mojando las calles, como el caudal de un río desbordado, y en el interior del teatro, ensordecidos por las tormentas de aplausos, nadie escuchó el grito. Ni el graznido del cuervo que todos creyeron ver volando por el escenario.
Nodis-ho fue enterrado bajo un almendro del jardín, con su abanico. Nadie reparó en la ausencia de Shango-Tse en los funerales, salvo una maiko que sollozaba sin tiempo entre la multitud que se congregó ante la casa del mejor actor de Edo. Había conocido al amante y guardián de Nodis-Ho en las bambalinas del teatro, cuando él actuaba como una sombra de su amante y le cuidaba con la delicadeza del crisantemo. La maiko no había olvidado los pequeños gestos de ternura que Shango-Tse regalaba al actor como gotas de rocío. Lo buscó en la comitiva que llevaba el cuerpo del que para las geishas era casi un dios y no le encontró.
Desconcertada por la ausencia y abatida por una tristeza infinita a la que no encontraba explicación, soñó esa noche que de la cabellera de un hombre delicado nacían tres ríos y que Nodis-Ho bañaba su voz en ellos.
Cuando despertó, su kimono estaba lleno de luciérnagas muertas.
Cuento escrito para Rodis, tres de diciembre de 2005.
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4 comentarios:

trinidad dijo...

Un cuento precioso... tan precioso como el grabado japonés.
Besos,

Trini

evamaring dijo...

(Reverencia hasta tocar el suelo con la nariz) Mil gracias, Trini.
Besos
eva

encarnisabina dijo...

Lo he leido con mucha pasión...desde la primera línea me he quedado prendada...

Un beso
AL

evamaring dijo...

muchas gracias, Al.
un beso fuerte
eva