"Apreté los labios contra su oreja y volví a susurrar: No es culpa tuya. Quizá sea eso lo único que he querido decirle de verdad a alguien, y que alguien me lo dijera"
"El patio común", de "Nadie es más de aquí que tú" Miranda July.
"Quiero una guitarra finita como un corazón"
Cita en el comienzo de un libro de Mafalda
Me he subido al tren medio llorosa. Siempre que me voy de Madrid tengo la impresión de que me dejo algo, algo muy importante que ni siquiera podría determinar qué es. No acepto pulpo, ni me sirveun pantalón, la cartera, ni el cepillo de dientes. Es algo que parece me va a faltar toda la vida. Por eso siempre echo la mirada hacia atrás en la banda de control de equipaje- donde se me acelera la torpeza y acabo cogiendo con el meñique mil bolsas que no son mías- como si buscara algo o a alguien. Echo la mirada hacia atrás y espero que llegue un desconocido corriendo, levante el brazo, me llame por mi nombre y me diga : ”Te dejabas esto”.
Y esto sea mi piedra filosofal.
Pero nunca llega y hoy, como tantos otros días se me han hecho nudos en los dedos, la maleta no avanzaba entre los barrotes y se me ha caído al suelo un sombrero de papel malva que compré para Formentera antes de que llegara el diluvio. Ya recuperada he guardado la cola con los ojos perdidos en las vías del tren. Hace unos años dejaban que los acompañantes bajaran contigo hasta el andén y allí, entre el olor a polvo y las estatuas de sal de las azafatas, tenían lugar las despedidas más románticas del mundo. Yo siempre recuerdo una, la más dulce, la mía. Sucedió un mes de agosto y cada vez que vuelvo a Atocha siento el mismo calor.
Se acababa el verano y el Escorial cerraba las puertas de sus cursos. La carretera hasta Madrid olía a pino y Van Morrison era la felicidad. Él me llevó a comer a uno de esos restaurante de la periferia que solo conocen los que viven aquí. Pedimos boquerones fritos, llevábamos dos noches sin dormir y aún así él no dejaba de hablar y se reía. Yo mientras le escuchaba - sonriente, feeling groovy-me metí el boquerón en la boca, dispuesta a vengar a Jonás con su ballena, lo que hizo que él me mirara de hito en hito. Pensé que estaba haciendo algo muy feo, pero me tranquilicé cuando, sin dejar de sonreir, me dijo que tuviera cuidado, que podía hacerme daño con alguna espina. Me tomó la mano, me besó cuando terminé de tragar y entonces comenzó a desmenuzarme los boquerones con una ternura infinita. Me ardieron las mejillas como a las protagonistas de Jane Austen y mientras trataba de no pensar en las lágrimas me dije, el amor tiene que ser esto. Él me iba dejando los boquerones en el plato y yo me reafirmaba, no hay acto de cariño más sublime que este que estoy recibiendo. Mi mirada se enturbiaba y él seguía sonriendo. Me hubiera gustado corresponderle, jugar a la ruleta rusa con la belleza y tratar de hacer algo que le emocionara profundamente, pero por miedo a estropear la felicidad de ese instante inesperado me callé lo que pensaba, que no era otra cosa que “Te voy a querer toda mi vida”. Algo que también incluía la definición del amor, pero que daba miedo pronunciarlo por si algún día tropezábamos él o yo con cualquier espina.
Después de comer nos acercamos al centro. Madrid, esa ciudad que tiene el catálogo de cielos más espectaculares del mundo, y que en aquella ocasión nos reservaba nubes metálicas. Estratos o cirros apiñados en láminas como si fueran balizas, advertencias de que tomábamos una senda peligrosa: “Os estáis haciendo muchas ilusiones, pero este limbo se va a acabar” parecían indicarnos las placas de acero. Nosotros pasábamos de las nubes como Sid Vicious y Nancy de la familia real británica y pese a lo plomizo de la tarde paseamos por los alrededores del Prado. De repente él se detuvo en la estatua de Velázquez y quiso que nos sentáramos debajo. Me colocó sobre sus rodillas, como hacía mi padre cuando era niña, y me contó historias de cuando trabajaba en una floristería. Estaba peinándome con sus manos de guitarrista cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y entonces lo dijo:
Pero nunca llega y hoy, como tantos otros días se me han hecho nudos en los dedos, la maleta no avanzaba entre los barrotes y se me ha caído al suelo un sombrero de papel malva que compré para Formentera antes de que llegara el diluvio. Ya recuperada he guardado la cola con los ojos perdidos en las vías del tren. Hace unos años dejaban que los acompañantes bajaran contigo hasta el andén y allí, entre el olor a polvo y las estatuas de sal de las azafatas, tenían lugar las despedidas más románticas del mundo. Yo siempre recuerdo una, la más dulce, la mía. Sucedió un mes de agosto y cada vez que vuelvo a Atocha siento el mismo calor.
Se acababa el verano y el Escorial cerraba las puertas de sus cursos. La carretera hasta Madrid olía a pino y Van Morrison era la felicidad. Él me llevó a comer a uno de esos restaurante de la periferia que solo conocen los que viven aquí. Pedimos boquerones fritos, llevábamos dos noches sin dormir y aún así él no dejaba de hablar y se reía. Yo mientras le escuchaba - sonriente, feeling groovy-me metí el boquerón en la boca, dispuesta a vengar a Jonás con su ballena, lo que hizo que él me mirara de hito en hito. Pensé que estaba haciendo algo muy feo, pero me tranquilicé cuando, sin dejar de sonreir, me dijo que tuviera cuidado, que podía hacerme daño con alguna espina. Me tomó la mano, me besó cuando terminé de tragar y entonces comenzó a desmenuzarme los boquerones con una ternura infinita. Me ardieron las mejillas como a las protagonistas de Jane Austen y mientras trataba de no pensar en las lágrimas me dije, el amor tiene que ser esto. Él me iba dejando los boquerones en el plato y yo me reafirmaba, no hay acto de cariño más sublime que este que estoy recibiendo. Mi mirada se enturbiaba y él seguía sonriendo. Me hubiera gustado corresponderle, jugar a la ruleta rusa con la belleza y tratar de hacer algo que le emocionara profundamente, pero por miedo a estropear la felicidad de ese instante inesperado me callé lo que pensaba, que no era otra cosa que “Te voy a querer toda mi vida”. Algo que también incluía la definición del amor, pero que daba miedo pronunciarlo por si algún día tropezábamos él o yo con cualquier espina.
Después de comer nos acercamos al centro. Madrid, esa ciudad que tiene el catálogo de cielos más espectaculares del mundo, y que en aquella ocasión nos reservaba nubes metálicas. Estratos o cirros apiñados en láminas como si fueran balizas, advertencias de que tomábamos una senda peligrosa: “Os estáis haciendo muchas ilusiones, pero este limbo se va a acabar” parecían indicarnos las placas de acero. Nosotros pasábamos de las nubes como Sid Vicious y Nancy de la familia real británica y pese a lo plomizo de la tarde paseamos por los alrededores del Prado. De repente él se detuvo en la estatua de Velázquez y quiso que nos sentáramos debajo. Me colocó sobre sus rodillas, como hacía mi padre cuando era niña, y me contó historias de cuando trabajaba en una floristería. Estaba peinándome con sus manos de guitarrista cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y entonces lo dijo:
- Ojalá te hubiera conocido antes, en otro momento. ¿Por qué no has aparecido dentro de dos años? Hubiéramos tenido un hijo, hubiéramos vivido junto al mar…
Mi mente relacionó aquella frase con el recuerdo de la película más irreal que he visto, "El lago azul”. Tal vez fue por lo de vivir junto al mar o quizás fuera ese reproche del presente y la recomendación imposible de "vuelva usted con el futuro", no lo sé. Pero la presencia del subjuntivo me hizo temblar. No me gustan los subjuntivos, siguen sin gustarme, pese a los acentos que tanto hincapié ponen en los deseos .Puede que sea por eso, por los años que me he pasado desgastándolos.
- Estoy aquí.- le susurré-¿Qué hay de malo en aquí?
No quise preguntarle ”y qué hay de malo en ahora?” porque en un solo momento se me había escurrido la definición del amor de entre las manos, como una pastilla de jabón. Me acordé de los boquerones y entonces sí que me costó no llorar.
- Si cariño- continuó él volviendo a mi cuello, a los mechones de mi pelo que comenzaban a llenarse de gotas- pero es que yo me voy dentro de dos meses a … (y era verdad que se iba, y era verdad que me lo había dicho, y era verdad que nos estábamos despidiendo, y también era verdad que llovía aunque los dos fingíamos no mojarnos) y no puedo aferrarme a nada. Ni siquiera a ti.
Me soltó.- Si cariño- continuó él volviendo a mi cuello, a los mechones de mi pelo que comenzaban a llenarse de gotas- pero es que yo me voy dentro de dos meses a … (y era verdad que se iba, y era verdad que me lo había dicho, y era verdad que nos estábamos despidiendo, y también era verdad que llovía aunque los dos fingíamos no mojarnos) y no puedo aferrarme a nada. Ni siquiera a ti.
Se levantó y me ví sola frente al enorme Museo del Prado. Empequeñecí, pero duró un segundo, suficiente para darme cuenta de la realidad. Luego volvió a cogerme de la mano y nos cobijamos de la lluvia en las escaleras del museo. Yo ya no podía esconder mis temblores, ni la carne de gallina. Él creyó que era por culpa de la lluvia y me arropó entre sus brazos. Era un chico grande y yo a su lado parecía más pequeña, además me acoplaba a sus huecos de tal forma que a veces pensaba que podría llevarme escondida en el bolsillo de su pantalón. Unos señores mayores salieron entonces del museo y él se levantó e hizo lo que yo no me había atrevido a sugerirle en cuatro días, les pidió que nos fotografiaran juntos. Volvió a abrazarme y así salimos en la que es una de las fotos de mi vida. Él lleva una camiseta negra, el pelo como un samurái, la tez muy blanca y me sujeta contra su pecho; yo sonrío con la mirada derretida, me dejo llevar con los hombros hasta donde él quiera y me elevo diez centímetros del suelo, floto por Madrid con un vestido largo de tirantes.
Cuántas historias caben en una foto. Todas las cartas que no le envié.
Cuántas historias caben en una foto. Todas las cartas que no le envié.
No recuerdo cómo llegamos a Atocha, pero del andén no me he olvidado nunca. Había gente por todas partes y yo creí que estaba a punto de estallar una guerra, porque me parecía que solo nos cruzábamos con viajeros que andaban desesperados, tristes, con los equipajes llenos de miedo y amargura. Nos besamos y con la voz con la que se debe leer el Quijote en el Círculo de Bellas Artes me dijo, “Cuídate” . Después me soltó la mano. El cuerpo entero empezó a dolerme y como se iba aunque no se hubiera movido ni un centímetro de mi lado,y como iba a estallar una batalla en Madrid aunque nadie lo supiera, le dije una frase muy cursi- que no me atrevo a reproducir, pero q a mí me pareció bonita y además era ligera, no pesaba como ninguna obligación- y me medió riñó entre sonrisas. Así le ví por última vez, sonriéndome entre los hombres grises mientras los trenes oscurecían y yo era una superviviente del Titánico que no quería encontrar su asiento en el vagón. Me dolía el brazo izquierdo tanto que urante el viaje de vuelta me miraba la mano y creí que no iba a poder moverla nunca más.
Este fin de semana, por casualidades y fontanerías de la calle Huertas, me he despertado en la plaza de Santa Ana, y he desayunado frente a la esquina donde comenzó todo. La geografía ayudada por la memoria, a veces, juega malas pasadas. He visto a mis amigos, he comido en restaurantes exquisitos, he paseado debajo de los balcones, me he comprado postales coloreadas, un par de pendientes de japonesa y he regresado a Atocha con la sensación de que me dejaba algo. Aún no sé el qué.
Ya en el vagón no tenía sueño, pero me he dormido congelada por el aire acondicionado con el que Renfe recuerda que es monopolio y juega a la tortura con nosotros. Mi compañero de asiento parecía no tener frío, llevaba una camiseta y estaba toquiteando su ordenador. No sé exactamente lo que hacía, él llevaba los cascos puestos y yo no me he fijado en su pantalla. Me he dormido con el cuello torcido en ángulo de noventa grados hasta que me ha despertado la voz de alguien que cantaba.Que cantaba fuerte y mal. Casi le pego un codazo a mi compañero como castigo porque al principio he pensado que era él. Gracias a dios, no me he fiado de mi visión entre pestañas y he investigado un poco más porque justo en la fila de delante, en el asiento que había si trazaba una diagonal hacia mi derecha, había un tipo de unos cuarenta años con gafas de sol, con el ipod en vena que bailaba como si la noche no hubiera acabado y el alaris fuera un after. Tenía un gintonic en la mano que a veces, tras un sorbo, apoyaba en la mesita y entonces utilizaba los dos puños para hacer un boogy-boogy a derecha e izquierda. Después gritaba yeahhh, se mordía el labio , fingía golpear la batería con sus imaginarias baquetas y caía sobre la ventanilla hasta que empezaba otra canción.
Como ya no podía dormir he sacado el ordenador y he empezado a escribir este post, que se llamaba "Freakis somos todos" solidarizándome con el tipo del concierto en el alaris. Había contado ya lo de los boquerones cuando mi compañero de asiento me ha interrumpido:
Este fin de semana, por casualidades y fontanerías de la calle Huertas, me he despertado en la plaza de Santa Ana, y he desayunado frente a la esquina donde comenzó todo. La geografía ayudada por la memoria, a veces, juega malas pasadas. He visto a mis amigos, he comido en restaurantes exquisitos, he paseado debajo de los balcones, me he comprado postales coloreadas, un par de pendientes de japonesa y he regresado a Atocha con la sensación de que me dejaba algo. Aún no sé el qué.
Ya en el vagón no tenía sueño, pero me he dormido congelada por el aire acondicionado con el que Renfe recuerda que es monopolio y juega a la tortura con nosotros. Mi compañero de asiento parecía no tener frío, llevaba una camiseta y estaba toquiteando su ordenador. No sé exactamente lo que hacía, él llevaba los cascos puestos y yo no me he fijado en su pantalla. Me he dormido con el cuello torcido en ángulo de noventa grados hasta que me ha despertado la voz de alguien que cantaba.Que cantaba fuerte y mal. Casi le pego un codazo a mi compañero como castigo porque al principio he pensado que era él. Gracias a dios, no me he fiado de mi visión entre pestañas y he investigado un poco más porque justo en la fila de delante, en el asiento que había si trazaba una diagonal hacia mi derecha, había un tipo de unos cuarenta años con gafas de sol, con el ipod en vena que bailaba como si la noche no hubiera acabado y el alaris fuera un after. Tenía un gintonic en la mano que a veces, tras un sorbo, apoyaba en la mesita y entonces utilizaba los dos puños para hacer un boogy-boogy a derecha e izquierda. Después gritaba yeahhh, se mordía el labio , fingía golpear la batería con sus imaginarias baquetas y caía sobre la ventanilla hasta que empezaba otra canción.
Como ya no podía dormir he sacado el ordenador y he empezado a escribir este post, que se llamaba "Freakis somos todos" solidarizándome con el tipo del concierto en el alaris. Había contado ya lo de los boquerones cuando mi compañero de asiento me ha interrumpido:
- Oye, perdona...es que estaba leyendo lo que escribes- se ha puesto un poco rojo- y me gusta mucho...sé que he sido un cotilla, pero no lo he podido evitar, ¿eres escritora?
Tenía los ojos como el agua de algunos ríos y sonreía con cierta timidez.
- No, simplemente escribo- me ha parecido una respuesta obvia y que no decía nada, poco aclaratoria- tengo un blog en el que a veces escribo.
- Pues me ha gustado mucho lo de los boquerones, precisamente yo quería explicar el otro día algo así a mi chica y...
Me ha contado su historia. Era un chico enamorado que necesitaba palabras para contaminar a su novia de todo lo que le estaba pasando junto a ella. Al llegar a Valencia yo le he contado el último capítulo de la historia que inspira el post de hoy, aguantándome las lágrimas porque siempre busco, como los niños pequeños finales felices. Él se ha tomado la dirección de la jaula y se ha bajado cuando aún era de día. He seguido escribiendo hasta Castellón. Ha sido entonces cuando he caído en la cuenta de que quizás él fuera el extraño que debía decirme "te has dejado esto". Pero no ha habido tiempo.
Nunca hay tiempo en las despedidas para dar con la piedra filosofal y sentirnos en equilibrio con el resto de cosas que tenemos en la vida.
Somos como las berenjenas, seres increíblemente melancólicos.
8 comentarios:
prin no te has dejado nada...o has dejado muchas cosas...pero no se puede recuperar lo que dejaste aquel dia en Atocha...porque siempre habrá cosas mejores que dejar...y algun dia no te acordarás de lo que dejaste...
siempre que se vuelve de Madrid entra melancolia...y ganas de volver corriendo, pero estamos aqui!!!!! bajo el sol del mediterraneo con nuestra retaila de besos!!!
Aún recuerdo cuando volviste aquella vez de Madrid. Pensé que la historia q me contabas te la estaban inventando, era tan bonita ... hace tiempo q no te veo tan feliz.
Q.Prin,
No me gusta dejar atrás a las personas a las q quiero- y q me quieren- pero hay veces que el tiempo, los acontecimientos te separan de ellas y no sabes por qué llegó el final. Lo bueno de todo es quedarte con los boquerones de esas historias: con los momentos de craiño, ternura, con los días en los que te apoyaron, las noches de risa...etc.Nunca hay finales felices, porque sino no serían finales.Pero sí que hay dignidad y respeto en muchas despedidas y eso no deberíamos traicionarlo nunca, por lo bueno que compartimos.
De la melancolía me recupero pensando en Formentera...que lo sepas!!!
Besos de no cumpleaños
if
q.anónima rubia,
Sí que estaba feliz y tú me viste flotar durante días y desincharme cuando él desapareció, así q no te puedo contar nada nuevo de esa historia.Solo q a fecha de hoy la conservo intacta, tan bonita como la conté por lo que le decía a Paula, por la lealtad a quienes éramos y a la sinceridad de aquellos boquerones.
Pero ahora soy muy feliz también, eh???? Y en cualquier estación siempre son mejores las bienvenidas.Un beso muy muy fuerte a ambas
eva
Hasta hace escasamente 4 meses no había amado sin haber sufrido por lo que no entendía el amor sin sufrir, creía que eran inseparables, formaban parte el uno del otro.
Ahora entiendo que precisamente el "al-iksir" de la vida es todo lo contrario........el amor no te permite sufrir, te sume en un estado de felicidad latente y constante que te mantiene alejada de todas las sensaciones a las que hasta ahora me tenía acostumbrada.
Mi piedra filosofal apareció en quien menos lo esperaba y cuando menos pensaba.....ojalá algún día no muy lejano se repita la historia con otros protagonistas......y uno de ellos seas tú.
Soony Sunny
Vuelve siempre, y no tengas pena
Fotos , historias de amor,despedidas, bienvenidas Madrid,...poco a poco voy entendiendo por es esta ciudad tan importante para ti...y que Formentera está a un paso....
Besos
Bueno, Eva, reconozco que me ha costado terminar pero ha merecido la pena. Sigues escribiendo de maravilla.
A mí tambien me gusta mucho viajar a Madrid y la Plaza de Santa Ana me trae muchos recuerdos de amores sufridos, pero ahora que tenemos AVE, lo que más me gusta de Madrid es no vivir allí. Perdería ese encanto. Unos días al año y de vuelta a casa.
Me estoy haciendo mayor y aburrido, y aunque aquí hay boquerones por todos sitios, la tranquilidad de mis niñas es mi prioridad.
Lo bueno de leer a gente conocida es que vuelves a vivir historias pasadas. Es como un libro pero de carne y hueso. Envidio todo lo que te queda por vivir y contar, aunque que conste que yo no me quejo. No se puede tener todo.
Exprime bien la vida y mandame pronto tu libro.
Magenta, volveré, claro a madrid siempre vuelvo.Tengo un pedazo importante de mi vida allí. Y nos quedan muchas noches de cafés y muchas tardes en el Parque del Oeste por compartir, preciosa.
Un beso fuerte
Al, Madrid es mi gran novela, la que nunca escribiré y la que vivo cada vez que llego la calle Pez, Atocha o a Diez Porlier. La isla es un escondite donde todo eso reposa y vuelve a la calma.Pero sí, son dos lugares importantes y cercanos.Un beso fuerte
José Luis, mil gracias por el esfuerzo- los post se me enredan y se me escapan de las manos- y por lo q me dices. Me dan envidia tu tranquilidad, tus niñas, tus boquerones...pero a mí me dibujaron así y mientras tanti hago precisamente eso, intentar beber zumo todos los días. Un beso enorme y gracias de corazón por el comentario. (Tú también tienes capítulo en mi novela de Madrid ;))
Besos
eva
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