viernes, 24 de septiembre de 2010

Álbum de fotos



"Si el tiempo fuera un fragmento musical, uno podría tocarlo tantas veces como hiciera falta hasta que sonara bien"


"Personajes secundarios", Joyce Johnson.

Desayunaban en una cafetería rebosante de empleados de banca. Él aparecía primero, hojeaba la prensa y si la chica tardaba, sacaba un libro de la mochila en el que dejaba anotaciones a lápiz. Miraba alrededor como si sobrevolara el humo de los cigarrillos de las otras mesas y bebía a sorbos pequeños un zumo de piña. Ella siempre entraba corriendo, se quitaba la boina, el abrigo y los guantes sonriendo, le acariciaba la nuca y casi en la misma secuencia le daba un beso. Después pedía su desayuno. Así durante una semana, la que se hospedaron en la pensión. Tenían habitaciones contiguas, camas separadas de noventa, sábanas frías. Había noches en las que él era quien cruzaba el pasillo y otras en las que ella aguardaba en su puerta, sentada en el suelo, fumando al aire hasta que él aparecía con cuatro cervezas y la llave del cuarto, que en aquel hotel aún colgaba de un círculo de plástico, entre las manos.

Él daba vueltas al título de su primer libro: una novela ambiciosa en la que mezclaba la física con una crónica de su estancia en la universidad de Columbia. Lo cierto es que no sabía dónde iba a llegar, dónde quería llegar, pero imaginaba que al ir ensamblando las diferentes historias que había ido recopilando sus ideas formarían un tapiz brillante. Durante aquellas vacaciones- y en muchos de sus desayunos- le leería a Sara algunos fragmentos de lo que se le iba ocurriendo. Le pediría opinión aunque no necesitara su respuesta.

- Quiero morir con un croissant en la mano.

Sara se reía. Frases como esa eran los trucos que utilizaba para romper los silencios. Conclusiones absurdas, que aligeraban los principios pero no la definían, pestañeos de Audrey Hepburn ante el escaparate de Tiffany’s, gestos de la chica del Village que le hubiera gustado ser: bohemia y resuelta. Álvaro desvió la mirada y dejó su libreta de notas junto al café. El paisaje había dado una voltereta. Dos meses atrás se habían sentado juntos en una conferencia sobre la obra poética de Kerouac. Ella parecía nerviosa. Llevaba unas medias moradas tupidas, una falda que parecía un camisón y un libro de haikus, además de unas piernas preciosas. Unas piernas por las que se resbalaba cualquier intento de tomarse en serio la poesía. Él se distrajo durante hora y media observándolas. Al final de la charla utilizó el libro que Sara llevaba para iniciar la conversación y proponerle que fueran a tomar un café. Ella declinó su ofrecimiento: estaba allí con su novio. Señaló a uno de los hombres que ocupaban la mesa y le dijo que era el dueño de la librería. Él insistió, invitaba también a su novio si no estaba ocupado y su falta de vergüenza hizo que ella se riera. Me apetece mucho conocerte, añadió Álvaro. A ella la determinación de aquel chico la hizo sentirse más adulta. Ya, pero a mí no, le respondió Sara levantándose. Él se quedó mirándole las piernas entre el mar de sillas. Dos meses después compartían desayuno en una cafetería del Barrio Alto.

-¿Quieres algo más? - Álvaro hizo un gesto a la camarera-Voy a pedirme otra taza. He dormido muy poco.

- Otra semana. Aquí. Contigo. Otra semana.

Álvaro sonrió y le agarró la mano. La tenía tibia, como la mayoría de las mujeres enamoradas que él había conocido. Pies fríos, manos tibias, mejillas ardientes. No era una enumeración erótica pero a él no le fallaba como método para medir su atractivo. Llevaba un par de años comprobándolo. Hasta entonces las chicas no se dejaban tocar y él tampoco lo había intentado. No había tenido otras experiencias más allá de una novia que se marchó a Londres al acabar la universidad y con la que el sexo resultaba algo tan excitante como tomar una Coca-Cola. Agradable y cercano, pero que no le aportaba nada más. Hasta que por carta su novia le dejó- había conocido a alguien, ese mismo alguien que se cuela en todos los finales- y él tuvo la sensación de que ella le había utilizado para cubrir una etapa, como quien se compra un abrigo para pasar el invierno. A partir de esa carta comenzó a evaluar el amor en términos de orgullos y cesiones. Se pasó al bando de los que ganaban, creyendo que solo podía encontrarse entre vencedores o vencidos.

- No puedo, ya lo sabes. Presento mi informe el lunes, así que debo regresar este fin de semana- acarició el rostro de Sara y comprobó que estaba caliente.

Sara lo sabía. Era su primer viaje con un hombre. La primera escapada romántica y cada mañana, cuando no le encontraba a su lado al despertarse, se preguntaba si aquello era real, porque notaba que una pieza del puzzle se le escapaba. Después cuando le veía esperándola en un café de esa ciudad desconocida, aceleraba el paso y pensaba que esta vez sí, que esta era su oportunidad. Que empezaba a caminar cuesta abajo. Entonces se le escapaban los gestos, la alegría guardada en tuppers durante el otoño y trataba de ahorrar, con frases que hipotecaban como aquella, un poco de cariño.
Desayunaban y después se lanzaban a callejear sin planos ni indicaciones turísticas. Se detenían frente al escaparate de una papelería, o de un colmado, o de sitios que podrían haber encontrado sin moverse de su barrio y sin embargo, cada parada hacía que surgiera un recuerdo o una reflexión que compartir con el otro. Sara fotografiaba a Álvaro entre los azulejos de la Alfama y un poco más allá, al caer la tarde, cerca de la Praça do Comércio. Compraban discos de fados, libros de Pessoa y pasteles de Belem. Llegaban a la pensión exhaustos, con los ojos empañados de vino verde y más de una tarde se ducharon juntos, en sesenta centímetros cuadrados de arañazos y saliva.
La mañana en que volvían a casa Álvaro pidió dos zumos mientras esperaba. Cerró el libro y tachó los apuntes que había tomado la noche anterior. Sacó su móvil de la mochila y llamó a Sara. Era la primera vez que le molestaba su falta de puntualidad. Ella se tropezó con la maleta mientras buscaba su teléfono por el cuarto. Le dijo que ya estaba en las escaleras, pero le mintió, tenía el pelo mojado, estaba descalza y no encontraba el sujetador.
Más allá del desayuno, lejos de aquellos empleados de banca, el camino se desvanecía.

8 comentarios:

magenta dijo...

¡Quiero morirme con un pastel de Belén en la mano!

evamaring dijo...

Jaaajaja!!! Me he acordado d ti mientras escribia eso! Besillos,
Eva

magenta dijo...

Es un relato precioso, pero me has pillado en tal fase de saudade que ha sido el comentario más natural.
Bejinhos

evamaring dijo...

Gracias Magenta. Me encanta tu fase saudade, así q no te disculpes. Del relato no sé, no puedo hablar. Me sigo perdiendo en carreteras secundarias, pero disfruté escribiéndolo. Gracias por el comentario. A veces escribes y lo lanzas al aire sin saber si se entiende lo q has dicho. Espero que sea así.
Un abrazo,
eva

Anónimo dijo...

He recordado mis días en Lisboa, paseos por las Docas, algún beso furtivo y al menos dos pasteles de Belem.

Sara descubrió que a veces las flores se marchitan. Antes incluso de lo ptrevisto.

A veces haría falta un detector de "relaciones anteriores". Me refiero a ser capaz de entender qué relaciones pasadas han marcado a la persona de la que nos acabamos de enamorar. Así evitaríamos tantas decepciones...De todos modos, el amor no planifica, ni se controlo. Simplemente sucede.

El chico que...

evamaring dijo...

Todos tenemos pasteles de Belem en la memoria y decepciones, caminos que se tuercen. Simplemente sucede. Tú lo has dicho.
Un abrazo, chico que.
eva

Anónimo dijo...

Atracón en la red de pasteles de Belén

No puede ser que hoy, navegando por la red, sin rumbo, me tropiece 4 veces y en lugares distintos con los pasteles de Belén!!!Si es que he descubierto que hasta se pueden hacer con la thermomix: http://www.velocidadcuchara.com/2010/07/pasteis-de-belem-o-pasteles-de-nata.html

evamaring dijo...

Jajjaja...¡¡¡me parece genial lo del atracón en la red!!! Qué envidia me da lo de la thermomix, aunque suene a secta total: solo se pasan las recetas entre los iniciados, te la venden a domicilio...seguro q esconde una conjura detrás.O una logia: la logia de los pasteles de belem!!!
besillos,
eva