Cuando estaba en la universidad prometí que jamás aprendería a jugar al mus. Aunque me lo pidiera Sean Penn después de aflojarse la pajarita de un esmokin setentero . En el piso en el que yo vivía se organizaban grandes timbas a todas horas y mis compañeras envidaban hasta dormidas. Después de un año intensivo- día y noche, noche y día- se sabían los gestos de las otras incluso cuando miraban la televisión o freían un huevo y se contestaban en la cocina o desde el baño, hablando en un lenguaje que yo desconocía: "chica" ,"grande", "pares"...Una mañana me desperté pronto para irme a la biblioteca. Como estábamos en exámenes se formaban grandes filas en la puerta y había que madrugar para coger sitio. En aquella época yo era adicta a los cornflakes- golden grahams, los recuerdo- me costó quitarme más de seis meses y aún así no puedo asomarme a su estante en Mercadona porque mi voluntad se reblandece y tiemblo. Pero volvamos a aquella mañana : mi pijama vaga por el pasillo de Pio XII, llega a la cocina y en mitad del desastre de vasos y platos sucios encuentra su taza. Me preparo un nescafé mientras una luz lechosa se cuela por el patio. Cojo la caja de golden grahams y creo oir voces. Serán los niños de la vecina. Lleno la taza con los cereales, pongo la leche y me dirijo al comedor. Suelo desayunar con el telediario de telecinco, pero entonces, al abrir la puerta del salón distingo una nube de humo. Cinco cigarrillos. Copas. La mesa de cristal, el tapete verde y pienso "joder ya me he equivocado, deben ser las tres de la madrugada". No están ni Paul Newman ni Robert Redford, pero mi casa reproduce cualquier escena de "El golpe". Doy media vuelta y me voy de camino a mi cuarto otra vez, dispuesta a seguir soñando. Pero alguien me coge por el brazo y me avisa: "Eva, es de día, ¿Dónde vas?". Increíble: mis compañeras de piso le han dado la vuelta a la noche jugando. Cuando regreso a la hora de comer todas duermen. Una olla con arroz hervido y salsa de tomate me espera en la cocina. Ya no hay restos de vasos ni ceniceros volcán. Como con telecinco.
No me gustan los juegos. Ni los de mesa ni los de equipo: soy una sosa individualista de mierda, qué le vamos a hacer. Me aburren las videoconsolas, el trivial y el pictionary con copas. No soporto el guiñote- y eso que es mi preferido, porque me enseñó a hacer trampas mi abuela, la del pueblo y he pasado muchos ratos de mesa camilla cantando veinte y las cuarenta- ni el continental ni el mentiroso, ni el cinquillo. No he jugado al baloncesto: basta mirarme, mido uno sesenta y sigo encogiendo. Los sábados de mi infancia me los pasé viendo "La bola de cristal" con batín de felpa: no me apuntaron al club de tenis, así que veo una red y una pelota amarilla y me entra el pánico. En los recreos en la Consolación nos inventamos una adaptación del baseball que a mí me llegó a obsesionar: como era la torpe del grupo y ni corría ni tenía fuerza en los brazos, siempre bateaba como Amy la de la casa de la pradera y me eliminaban. Por eso nadie me quería en su equipo, era un zote. Yo no sabía cómo solucionarlo- hubiera bastado con intentar correr y con tratar de coger fuerza peloteando con una raqueta, pero todo me parecía una tarea imposible- así que soñaba con dar un día, entre la clase de religión y la de matemáticas, el golpe perfecto que elevara la pelota más allá de nuestro patio y sobrevolara el de segunda etapa hasta colarse y detenerse entre las tejas del edificio del salón de actos. Me imaginaba corriendo despacito, feliz como Rocky mientras entrenaba, sonriendo, con esa satisfacción q da el trabajo bien hecho, paso a paso-rocky training - mientras las del otro equipo buscaban desorientadas la pelota. Aún recuerdo con claridad sus caras de desconcierto. Wow...Nunca llegó el momento del sueño. Asumí q debía batear con un bote para eliminarme- así eran nuestras reglas- y no perjudicar a mi equipo. Me hacía el harakiri, como Camps, nada más llegar mi turno en la fila. Hasta que me hice amiga de Balma, o ella se hizo amiga mía- no lo sé- y como era la campeona de tenis infantil de la Región Valenciana y la número uno del baseball del colegio- nadie tiraba la pelota tan lejos ni corría tanto- me apadrinaba. Balma fue genial en aquel momento de mi vida: me convenció para que dejara de autoeliminarme y me animó a que perdiera el miedo a las muecas del pitcher, que en cuanto yo aparecía, haciéndome nudos con las puntas del babero, estallaba en carcajadas. A partir de ese instante comencé a disfrutar del juego e incluso alguna vez llegué a la segunda base de un golpe. Empomé alguna y recuperé vida. Balma y yo continuamos siendo íntimas amigas hasta que nos separamos en la universidad y cada una se fue a un sitio diferente de España, pero aún nos emocionamos cuando nos encontramos por casualidad.
Así que no ha habido sitio en mi vida para el juego. Yo no se lo he dejado. En su lugar me he buscado aficiones de culogordo, más quietas: leer, escribir, tomar cañas, charlar...Es cierto q no me gusta la competitividad, pero en realidad eso es una muestra de mi escasa autoestima. No juego porque sé que voy a perder. ¿Y quién quiere apostar por un caballo muerto? Yo no, claro.
Desde hace un par de años un juego que parecía fruto de la moda ha vuelto a colarse en nuestras vidas: el pádel. (Como yo soy disléxica creativa hasta hace un momento no sabía ni me preocupaba por cómo se escribía, así que disculpadme por los graznidos que he debido dar en otros posts.)
De los primeros veraneos de Aznar en playetas llegaban los recuerdos, pero muchos creíamos que era un deporte para medrar en el pepé, sin mucha técnica ni gracia, que no requería- eso se escuchaba- demasiada afición ni esfuerzo. Tal vez por eso, en los años que siguieron a aquellas rachas de polo azul marino con la banderita española en los márgenes, se convirtió en un deporte de unos cuantos muy enganchados y el resto lo olvidó. Las parejas se seguían regalando las raquetas pequeñas, como de cómic, los sábados por la mañana alguien tenía una partida, quedábamos para una cocacola en el club social...pero era anecdótico- algo casi como las sevillanas con esfuerzo aprendidas para no ser menos- y no pensábamos que la fiebre estaba echando raíces en nuestras vidas. Hasta hace un par de años. Al menos en esa época cifro yo el impacto de la pelota en mi universo particular. Mis amigos comenzaron a ausentarse en la cerveza de después del trabajo- "He quedado para jugar" "Tengo una partidita en playetas"- después vinieron las clases, los campeonatos y por último la vida social: las cenas con mis amigos del pádel, los desayunos interrumpidos, las noches aplazadas ("es que mañana juego a las nueve"), la vida en una cancha...
Así que volví a hacer mi juramento Scarlett O'Hara: prometí no jugar al mus en mi vida, por lo que me había robado en la facultad. Juro que no cogeré una raqueta de pádel en mi vida, dije el mes de junio del año pasado, aunque por ello tenga que pasar hambre.
Y en mi soledad aullaba mi torpeza.
Tardes de pista, faldas que se bambolean, zapatillas blanquitas, bebidas isotónicas.
Snif.
En esas estábamos cuando, en mi viaje- bolo en Vitoria, una de mis amigas de la universidad me ofrece pasevip para Pro Tour, el campeonato internacional de pádel de los mejores del mundo. Hay que joderse. A mí pases de clase vip para algo q me provoca sudores fríos. ¿Será una señal de un ente superior? Charo insistió. "Tus amigos sí que juegan ¿no? Venga, pues apúntate, te lo pasarás bien". Y como Camps, de nuevo, lo hice por ellos y acepté la invitación. "Escribe después" me dijo Charo haciéndome un guiño " Yo leeré tu crónica" y en ello estoy.
Ayer me sumergí en el pádel.
Y me quedé sin respiración: descubrí que hay hombres que vuelan, golpes que se ganan fuera de la cancha, vueltas de claqué que ganan partidos, dialectos del argentino que estrechan lazos con Tokio. Que hay emoción, silencio y respeto. Que la gente devuelve las pelotas que caen en las gradas porque si no ya no botan igual, así q de algún modo todos participan en esa demostración de rapidez e inteligencia. Que no siempre gana Goliat. Que en los apartamentos la Siesta (los amarillos que se ven al fondo en la imagen que le he robado a Anna Luna) también se llenan las terrazas de vecinos para ver cómo saltan y corren y gimen por romper un servicio. Que es muy importante hablar con tu compañero, cuidarle, animarle, apoyarle para que haga posible esa pelota que parece inalcanzable. Que los grandes tropiezan con una red chiquitita y nadie se burla de ellos. Que entre los focos, leds y la noche se crea una atmósfera marciana en la que es posible cruzarse con Oliver y Benji. Que la gente se besa cuando pierde y se abraza en la victoria. Que la elegancia de Federer también se contagia. Que la pasión de Nadal se extiende como una mancha que regenera el ambiente.
Suspiré.
Salí casi temblando.
Epifanía del pádel= colocón.
"Mira las piernas, eva, fíjate en los músculos"- me decía miguel y yo me fijaba pero me quedaba boquiabierta con las parábolas que trazaban esos hombres en el aire. "Son spidermans sin tela de araña" "Esto es como una ópera o un gran concierto: hay que verlo para descubrir la grandeza del deporte" insistía Bisbal, miguel Bisbal. Y yo asentía sin apeárme de la sonrisa que aún me dura.
Paula recogió una pelota y la devolvió a la pista con la delicadeza de Natalie Portman en "Cisne negro". Yo, que estaba sentada a su vera, creí que me atacaban las naves del Imperio y me agaché e hice la croqueta. Muerta del ridículo me incorporé y descubrí q nadie parecía haber reparado en mi gesto. El de Paula- del que solo ví el final- fue muy bonito por lo armónico.
Me dio rabia que se acabara todo tan pronto.
Cuando la pista se vació nosotros seguíamos sentados en el palco.
Cuando me he despertado el pádel seguía aquí.
Así que, con su permiso damas y caballeros, confieso que he vivido y me he equivocado.
A la mierda mi juramento.
Charo, Iñígo, gracias por la oportunidad.
(Y Ana gracias por la foto)

5 comentarios:
Me alegro, If. El padel ha sido muy importante en mi vida. Justo cuando murió mi padre, Carolina Navarro y Paula Eyheraguibel, campeonísimas del mundo por aquel entonces (Carolina sigue en los altares, Pau ha descendido un poco)se convirtieron en mi bastón de apoyo, en mi nuevo universo que me ayudó a superar el peor momento de mi vida. Con ellas aprendí a jugar, me recorrí España siguiendo sus campeonatos, me divertí, aprendí, pero sobre todo, hice grandes amig@s que aún hoy siguen presentes en mi vida. Para ellas soy YOLA, porque un pelotazo me destrozó el labio superior, convirtiéndome en la réplica de YOLA BERROCAL, aún hoy me llaman así, y es que aún hoy, secuelas del golpe, tengo el labio descolgado. Es cierto que es un deporte que te permite divertirte sin demasiada técnica y esfuerzo. A mí me encanta aunque ahora lo tenga abandonado. En cuanto a la autoestima y los efectos que provoca en nuestra personalidad, ya hablaremos en privado.
Muchos besos, If
Soony
Gracias a ti querida Eva. Post precioso como siempre. Como me he reído gracias a tu increíble memoria (recordando las timbas en Pío XII). Me alegro de que hayas disfrutado. Mil besos . Charo
Gracias Sonia. Tu comentario supera mi post con creces. Era exactamente eso.
Un abrazo, rubilla.
Charo, gracias a ti por hacerme ir y disfrutar del espectáculo.
Un beso fuerte,
eva
juas, juas ¿y nadie grabó la escena "ataque del imperio"?
Me gusta esa habilidad que tienes en darle brillo a las cosas cotidianas
El chico que...
No, chico que! lo peor no es q nadie la grabara, sino q nadie la viera!!! Incluso hubo alguien que dudó de su veracidad, buah...
Besillos!!!
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