Última noche: tomo la fotografía desde la ventana de mi habitación.El edificio amarillento es el asilo. Ellos también se mudan: las hermanitas de los pobres han hecho como yo, abandonan el centro y cambian este pequeño oasis por un local en las afueras, rodeadas de naranjos. Han elegido el sol. Hoy no se ve a nadie en la galeria, justo detrás de la palmera.Hubo un verano en el que yo no podía dormir y me asomaba a este minibalcón para ver la calle y siempre veía, detrás de esa barandilla, la sombra de una mujer sentada en un sillón.A menudo pensaba que era mi propio reflejo, cincuenta años más tarde. Las dos estábamos solas; las dos no podíamos dormir.Las dos esperábamos que nos rescatara alguien: el hombre que sonríe en la fotografía del cajón; el tipo que busca mujeres serpientes en los pasos de cebra o el chico que detenía su coche, siempre de madrugada, en este cruce para que subiera hasta mi almohada una canción sin letra. Las dos esperábamos, pero nadie llegó. Solo nos visitaban los murciélagos. Es la hora de la despedida y no la encuentro. La casa está tomada por los recuerdos y las voces de quienes la habitaron.Frida y Justine, mis dos gatas, saltan de cajón en cajón y me miran confusas. No hace frío, parece un golpe de verano.Ella no está y yo no me despido.
Mejor; no hubiera sabido qué decirme.
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