
No hay más que decir: necesito un carro. Un carro de la compra, se supone. Ahora además vuelven a estar de moda y los hay pops, de colores fluorescentes, con sillita, caña y tapa de bravas incluídas. Pues uno de esos, que cada vez que voy al Mercadona me convierto en el cotilleo del barrio. Hoy había que verme llegar a casa con las bolsas de plástico colgadas hasta del flequillo - que además, es muy poco ecológico lo del plástico y a mí se me hacen bolas por la casa, como las de pelusa pero multiplicadas por seis- la columna vertebral con el mismo trazado que el rallie de Montecarlo y los dedos convertidos en bocaditos de salchicha. Con esta pinta no voy a conseguir que el barrio me acepte y eso a mí me importa, me importa mucho. Hace veinte años- bueno, quién dice veinte dice veinticinco, qué más dá- yo jugaba en la misma acera donde hoy me ha abandonado el método Pilates a saltar a la comba, al escondite o a pillar, que a cualquier cosa me apuntaba.Mi madre me envíaba a comprar a la carnicería y yo le mangaba- sisar, se decía sisar- las sobras. Almorzaba panquemado (un suizo más tostado) y lingotín que mi padre antes de irse al despacho me metía en la cartera, y que acababan de sacar del horno en la panadería (Milieta...lagrimones me saltan con su coca de tomate...) y si saltaba la valla del colegio, que solo recuerdo haberlo hecho una vez en los tiempos de las monjas, nos íbamos por las calles más cercanas a los naranjos y comprábamos chucherías.Pero nostalgias y madalenas aparte, yo me cambié de casa, entre otras razones, para poder darle juego al chándal, que donde vivía estaba abandonado por mal visto. Los domingos, en lugar de disfrutar de esos maravillosos desayunos con los periódicos, el cruasán, el zumito de naranja y la indolencia enredada en el nórdico yo planeaba misiones secretas y rutas por las alcantarillas para poder llegar hasta el quiosco y pasar por la pastelería (que en aquella zona no existían los hornos) sin encontrarme a doce señoras conservadas en Elnett y que solían mirarme- juzgarme y condenarme- como si fuera una maleante (mangante, manganta) cualquiera. Que lo soy, pero cuando a mí me dá la gana y sin reproches de nadie.Y de tanto pensar estrategias se me quitaron las ganas de bollería, suplementos dominicales y hasta de la música y las naranjas.Mi vida se estaba volviendo gris y solitaria.Apenas salía. Si me quedaba sin perejil lo pedía via mail (mentira, lo pedía a las vecinas, que eso sí, barrio no tenía pero mi vecindario- y esto sí que lo digo en serio- era un primor) porque me daba miedo salir a la calle sin la máscara de pestañas. Se me angostaban los sábados, las cervecitas improvisadas en el bar que no había debajo. Yo solo podía invitar a mis amigos a rondas de anestesia dental o de enjuague, porque en lugar del típico bar de esquina junto a mi portal brillaba una clínica de empastes de esas que ahora son franquicia.
Así que ahora he vuelto a mis orígenes y me siento poseída por el espíritu de Barrio Sésamo: me despierto, me pongo el chándal y me lanzo a la calle a saludar a mis vecinos. Ni Mar con un libro de Teo disfruta tanto.
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