(Nota: continuará probable o improbable del cuento recogido en "El principio")
Silenciosamente la japonesa regresó a su jaula. El chico había salido corriendo sin reparar en ella. Había dejado tras sí un reguero de sangre y lágrimas. Ella asomó su diminuta cabeza entre los barrotes. Aunque la puerta de la jaula estaba abierta no se atrevía a salir. Miró sus zapatos: habían caído al suelo desde las manos de su dueño, aquel viejo que se debatía entre estertores. La mujer miró alrededor: todo estaba oscuro, salvo la pantalla de la televisión. Las imágenes de tan grandes le comenzaron a parecer borrosas, como cuando le deslumbraban las luces de Tokio. Descalza avanzó hacia el exterior.Temblaba. Dió varios pasos y escuchó cómo llovía fuera. Sintió vértigo. No sabía qué hacer. Ahora ya había conseguido lo que quería: su libertad. Eso era precisamente lo que le asustaba: desde ese momento su vida dependía de ella. No sabía cómo respirar con esa sensación que la embriagaba y la bloqueaba a un tiempo. Desde que aquel viejo la apresó había condenado su existencia a lamentarse como un pájaro, a recrear sus campos de cerezo en la oscuridad de aquella estancia y ahora tenía frente a sus pies la posibilidad de volver.Pero era ella quien debía tomar esa responsabilidad, saltar de la mesa, recoger sus zapatos, ir hasta la puerta y descender uno a uno los escalones...¡Si el chico se hubiera quedado!¡Si la hubiera cogido entre sus manos! Ella hubiera viajado en su bolsillo, le hubiera acompañado en la huída, le hubiera cantado para celebrar que ambos estaban vivos...Pero no, nada de eso había sucedido. El chico asustado por lo que acababa de hacer salió corriendo y en su miedo había olvidado que ella le necesitaba. "Era un egoísta- concluyó- jamás me amó, pese a aquella forma tan cálida que tenía de mirarme." La rabía le dió un impulso para agarrar sus zapatos. Entre lágrimas se amortajó los pies. Vaciló.Ya era dueña de su destino: una japonesa diminuta que volaba. Miró hacia atrás: la jaula seguía desprendiendo el olor a cerezo en flor. Suspiró. El hombre ya había muerto. Y al tomar aquel camino sintió que ella también moría un poco.

Silenciosamente la japonesa regresó a su jaula. El chico había salido corriendo sin reparar en ella. Había dejado tras sí un reguero de sangre y lágrimas. Ella asomó su diminuta cabeza entre los barrotes. Aunque la puerta de la jaula estaba abierta no se atrevía a salir. Miró sus zapatos: habían caído al suelo desde las manos de su dueño, aquel viejo que se debatía entre estertores. La mujer miró alrededor: todo estaba oscuro, salvo la pantalla de la televisión. Las imágenes de tan grandes le comenzaron a parecer borrosas, como cuando le deslumbraban las luces de Tokio. Descalza avanzó hacia el exterior.Temblaba. Dió varios pasos y escuchó cómo llovía fuera. Sintió vértigo. No sabía qué hacer. Ahora ya había conseguido lo que quería: su libertad. Eso era precisamente lo que le asustaba: desde ese momento su vida dependía de ella. No sabía cómo respirar con esa sensación que la embriagaba y la bloqueaba a un tiempo. Desde que aquel viejo la apresó había condenado su existencia a lamentarse como un pájaro, a recrear sus campos de cerezo en la oscuridad de aquella estancia y ahora tenía frente a sus pies la posibilidad de volver.Pero era ella quien debía tomar esa responsabilidad, saltar de la mesa, recoger sus zapatos, ir hasta la puerta y descender uno a uno los escalones...¡Si el chico se hubiera quedado!¡Si la hubiera cogido entre sus manos! Ella hubiera viajado en su bolsillo, le hubiera acompañado en la huída, le hubiera cantado para celebrar que ambos estaban vivos...Pero no, nada de eso había sucedido. El chico asustado por lo que acababa de hacer salió corriendo y en su miedo había olvidado que ella le necesitaba. "Era un egoísta- concluyó- jamás me amó, pese a aquella forma tan cálida que tenía de mirarme." La rabía le dió un impulso para agarrar sus zapatos. Entre lágrimas se amortajó los pies. Vaciló.Ya era dueña de su destino: una japonesa diminuta que volaba. Miró hacia atrás: la jaula seguía desprendiendo el olor a cerezo en flor. Suspiró. El hombre ya había muerto. Y al tomar aquel camino sintió que ella también moría un poco.
2 comentarios:
estos días voy de bólido, vientos nuevos en la empresa y me toca formar a algún personal nuevo, siento que me estoy perdiendo cosas chulas por no poder pasarme por aquí ni un segundo (ni por el mio, ni el de richi ni tantos otros), pero volveré! os echo de menos!! espero que todo vaya bien! el email sigue pendiente, no me olvido
mil besazos y abrazos
tranquila, tranquila...¡que no nos vamos! Tú tómate tu tiempo y no te preoqpes por nada, ya llegará el verano. Pero q conste q yo también te echo de menos y salto a tu blog toditos los días del año para ver cómo sigues.Besosososososooso
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