martes, 8 de abril de 2008

Los ángulos de mi ombligo (tarjeta)


Aunque a veces hable de mi vida como quien cuenta filas de soldados, o con la lentitud de una caravana de hormigas rojas que transportan una barra de pan hasta la cumbre del Kilimanjaro-fridasenamoradelaburbuja;leolaodiseamientrasviajo;mereconciliaconel
mundolasopademiso;hoymehandictadounasentenciacondenatoria;miesca
leratienecuarentaescalonesenlosquereinajustine-en el fondo, casi siempre me guardo la mayoría de las cosas q suceden en mi cabeza: unas por parecerme demasiado íntimas, casi tan cercanas como el dormir acompañado; otras por absurdas, percepciones infantiles de una niña que se asoma por el balcón y a la que no se le permite decir tonterías en la mesa. Y así, aunque a primera vista suelo parecer lo contrario, soy una falsa extrovertida que rellena los silencios con bloques de hormigón pesado y q descarga sus miedos sacándolos de la chistera convertidos en farragosos monólogos- que temo pesados como las malas digestiones- para disparar frases sin sentido que construyan muros de metacrilato que me protejan de los demás.
Al otro lado de esa trinchera de comas, exclamaciones y puntos seguidos, se esconde una ciudad: el hueco en el que me refugio cuando siento que el mundo se derrumba a mi paso, una isla de recuerdos y algas en la que se abandonan mis gestos más tímidos. Ese lugar que no aparece en mapas ni en tarjetas, que carece de coordenadas fiscales y de límites precisos, podría parecerse a Berlín por lo desordenado y confuso, y en él existen zonas que han vivido treinta años ocultas, aisladas; barrios formados por el roce-que hace el cariño- de callejones sin farolas, en los que ni siquiera se han colado los gatos; puentes levadizos que levanté durante el sueño del que aún no he despertado y ríos, ríos con olas que trae el mar- mediterráneo, claro, por la niñez que dibujó Serrat -de recuerdos y pinos en sus orillas. Esa extraña selva de objetos solapados sin orden o armonía, esa playa de años que ruedan y ese castillo que no se ha podido terminar como algunas iglesias por las que aún vagan los espíritus, es el rincón en el que a menudo se ocultan muchas de las evas que aún no has conocido o que quizás, alguna vez pudiste sorprender asomadas en el rabillo de mis ojos confundidas con un insecto que descansa en una celda de ámbar.
Reconocerás entre esas sombras de las que te hablo a la evapequeña, que se desmorona cuando se le rompe un perchero o se encoge ante las voces que saltan entre las cuerdas de un patio de vecinas; la evasegura, que con la impasibilidad de John Wayne juega al mus con los ladrones de justicia, que tantas veces llevan toga, y encima se atreve a ir de farol; la evarobinhood que pasa minutas altas como la luna a los que les gusta presentarse como ricos para pasarles el brazo por encima del hombro, de los que, como ella, son pobres y creen que las monedas nunca van a caer de su lado; la evalechera que mientras va a trabajar fantasea y cree que es la directora de una editorial independiente pero que arrasa en el Babelia y te dedica un suplemento entero un sábado sí otro también; la evaceliamadrecita que se pone firme y dirige la tropa cuando alguien ataca a su familia (y digo familia en el sentido real del término, refiriéndome a aquellos que se comportan como si estuvieran unidos por la misma sangre y apellido, los tengan o no); la evatitiritera que se iría con cualquiera de bolos, a comer bocadillos en los bares de la plaza y después desmontaría el escenario, se haría un hueco en la parte de atrás de la furgoneta y vería cómo cae la noche en esta comarcal, mientras vuelve a casa; la evajuanadearco que va camino de morir quemada en la hoguera defendiendo a un mudo que ni sabe ni cuenta de lo que le acusan; la evavulgarcita que anda pegada a las paredes de los callejones, que teme no encontrar las migas de historias que dejaste para regresar a tu abrazo; la evafelina, suspicaz y susceptible si la arrinconan, capaz de sacar las uñas sin pensar en el arañazo;la evarbapapá que empatiza con todo lo que le cuentas, porque como decía Moravia al final de la Romana, "cualquier mujer puede ser una puta y cualquier hombre un asesino" y es tan fácil saltar la delgada línea...
No busques, sin embargo, a la Eva al desnudo aunque me guste Bette Davis y me columpie en su mirada: no espero nada de tí. No quiero utilizarte.No me trates, tampoco, como a la primera mujer- a la que no entiendo- porque soñé con ser Lilith y he olvidado, Adán, qué nos une, porqué vivimos aquí, en un adosado, con más niños de los que preveíamos y sin domicilio fijo.
Esta eva que conoces, con minúsculas, contradictoria y caótica, es poco más de lo que he dicho.No tiene aristas, ni cantos para que te golpees la tibia. Pero tal vez ha pasado demasiado tiempo encerrada en una etiqueta- nombre y apellido- y ahora ha terminado por descubrir que se le ha llenado de ángulos el ombligo.

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