
Acuso a mi reflejo de las decisiones que no he tomado. Finjo un pequeño homenaje y me acerco a mi doble con una sonrisa, entonces le acorralo, no tiene más escapatoria que la serie infinita de muñecas rusas y le digo cuánto me pesan sus recordatorios, ese constante reproche. Mi reflejo no se defiende, ni tan siquiera lo intenta. Le basta con mostrarme lo que no soy: ese sombrero que nunca me atreveré a llevar, esa decisión que tengo pendiente, el capítulo de mi pasado que he convertido en un presente de marmota...Me dan ganas de abofetearle, pero ni siquiera al descubrir mi ira- lo que nadie ve- mi reflejo se inmuta. Allá yo con mis miedos parece decirme. Me siento sobre la cama y él no se mueve, permanece impasible al otro lado del espejo. Van subiendo los minutos al reloj y nadie habla. Miro mis pies: hoy parecen de otra persona, están risueños. Me entra la risa al pensar que me los han cambiado mientras dormía. De repente le escucho, es él quien se rie ahora, es esa mujer que nada entre azules la que deja escapar una carcajada. Me incorporo y la observo.Las dos nos estamos riendo.Se le forman pequeñas arrugas en el rabillo del ojo, surcos de arena. Me dan ganas de acariciarla, quiero pedirle disculpas. Con un simple guiño me indica que no es necesario. Cojo el sombrero, me lo coloco ladeado y salgo a la terraza para desayunar con él puesto.
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