
Tiembla Japón y en mi torre de cristal se oye un rumor muy pequeño : el choque de dos cuencos de arroz en Tokio, imagino. Cierro el libro y siesteo. Vuelve el zumbido de abejas-¿o es un enjambre de medusas?- la desidia tiene ese runrún de ser una felicidad incompleta. Sobretodo al borde del mar.
Organizo papeles casi todas las tardes, cuando los gritos de una presentadora de telecinco atemorizan mis sueños. Mujeres y hombres y viceversa y peluches y pendientes de clip y masajes con la lengua y tópicos y trípticos se vuelcan en citas imposibles. La boca y la mente pastosas y caramelos derretidos, cuando ellas dicen "que van a luchar por su amor" y se pintan como geishas antes de la ceremonia del té y baten sus pestañas tralúcidas como alas de libélula y siempre están dóciles y sumisas y graciosas y dependientes y viceversa.Y. Y tiembla Japón a lo lejos.Y.Y. Multiplicación de tirachinas carente de sentido.Uf.
Retomo el proyecto que se me rompió en abril.Llamo a amigos de los que no sé hace tiempo. Hago la compra dentro del horario habitual. Rayo los suplementos de los periódicos y recorto las etiquetas de los vaqueros. Le robo a Nínive la ilustración de su último post porque de tan bonita se me queda pegada en la retina y entre las manos con supergén. La inercia del que deshace nudos sin método me lleva de un sitio a otro. Tardes de collage sin letras en la moleskine.
Detecto un hambre voraz : quiero ver todas las películas de cine, leer todos los libros, pintar, tocar el bajo, andar hasta Kansas City y regresar de noche, viajar a Camboya, hacer fotografías de las puertas de moteles, practicar taichí en la casa de campo...
Re-tomo a los Beatles, gracias al descubrimiento de "Love" con grabaciones de estudio y re-versiones. Pinto y coloreo los números de mi cuenta de ahorros y de mi libreta corriente. hago caligrafía en las demandas y me salen historias convexas. Caliento macarrones precocinados y los aliño con un poco de mayonesa. Siesteo, luego soy un servidor no encontrado, compruebe su conexión.
Viene Dani- con sus poemas en carpetas y algún contrato bajo una funda de plástico- a verme y tomamos un té a las seis. Me regala "El libro de los abrazos" de Eduardo Galeano sin motivo. Es como si me abriera la cueva de Alibabá: me escondo entre las gemas y las piedras preciosas. Después me habla de partidas de ajedrez en el siglo dieciocho.Entorna los ojos, arria las pestañas y yo le veo con su coleta batiéndose en duelo junto a un lago. Dá la espalda a su rival hasta que cuenta veinte pasos, entonces baja la pistola que sostiene en la mano, se gira y dispara. Caen amapolas sobre el agua . Le pregunto si cree que Google nos idiotiza, que he leído que sí, que ya no buscamos en la enciclopedia sino que ahora todo lo gugleamos, por eso ahora nos volvemos tontos.Se rie y me dice que me vaya con él a yoga. No le respondo que no puedo porque acabo de imaginarle al amanecer en una afrenta de honor porque me cuenta secretos de los chakras y me hipnotiza. A lo del yoga le digo que no, pretende que me levante a las siete para cantar mantras y yo no sé madrugar. Le prometo amor eterno a sus poemas- tantas vigilias enredadas en humo rosa, tantos secretos encriptados de aquel niño que se colaba en la peluquería- pero no le voy a seguir como gurú. Se va entre risas a por su pequeña empresa, que yo ya he bautizado con el nombre de una partida de ajedrez. No sé jugar ni con negras ni con blancas- no sé jugar a casi ningún juego; me aburre profundamente la competición- pero me gusta la pasión que desata el tablero en las personas más apacibles. Se despide, caigo en el sofá sin palomitas y veo una película de Pasolini. Cuántos símbolos antes de dormir. Me gusta que la santa salga volando.
En el despacho es tiempo de malas noticias. Uno de mis clientes favoritos tiene que ingresar en prisión. Mi padre y yo le acompañamos al juzgado;le espera la policía judicial para subirle. Cuando llegamos sonríe y me presenta a su nueva novia, con la que comparto nombre. C. está risueño. No ha dejado de sonreir en cuatro años y hemos pasado momentos muy duros.Me pregunta cosas triviales, muy sencillas como qué ropa tiene que llevarse y si podrá comprarse gel dentro. Le hablo de las reglas del juego que más odio del mundo- la vida entre rejas- del peculio (el dinero del Monopoly con el que funcionan allí), las clases ("apúntate a todas, no te dejes una; manténte ocupado todo el día, se gana calidad de vida si no piensas",en la cárcel te pudres de tanto pensar, esto último no se lo digo, solo Charles Manson graba discos desde allí dentro, los demás tachan los recuerdos para que no se les grabe nada) el patio- canciones de patio, que se escapan hacia arriba como hiedras-y se cierran nueve cerrojos en la garganta cuando le digo que procure evitarlo, que no caiga en él. Me vienen a la memoria las tardes que he pasado en los locutorios, entrevistándome con los clientes que tenía allí cuando sobretodo y por encima de todo, me dedicaba al derecho penal. Recuerdo la primera vez que entré en la cárcel sola y me senté en una de esas cabinas,casi me quedo sin uñas y me maldije por no fumar. Era verano, lo recuerdo porque yo llevaba un vestido de tirantes, con la falda con vuelo.Un fiscal siempre nos decía en la práctica jurídica: " las chicas no vayáis a la cárcel con falda, que allí hace mucho tiempo que no ven de cerca a una mujer". A mí aquel consejo me revolvía el estómago. Trataba a los presos como animales, no como hombres, les despojaba hasta de su dignidad. Por eso siempre subía a la cárcel vestida normal, como si tuviera un juicio o una declaración en los juzgados, con falda o con vaqueros, con tacones interminables y medias de cristal o con americanas estrechísimas...qué más dá. Si todo el problema fuera ese, qué fácil sería solucionarlo. Aquella primera vez me senté en la silla llena de mugre- los locutorios de los abogados no tienen nada que ver con los de las series de televisión- y ví que en la pared, justo a la altura de mi rodilla, a escasos centímetros de ella sobresalía un bulto negro del tamaño de un puño. No me acerqué, pero me entretuve durante la espera- tardan siempre un montón en avisar a las personas que vas a ver- pensando qué sería, hasta que por un golpe de viento lo adiviné. No sé qué pasó, ni de dónde salió aquella corriente de aire, pero de repente ví que el bulto negro tenía pelo.Un vello casi diminuto que al pasar el aire se movió como un trigal.Aparté la rodilla espantada y confirmé que lo que estaba junto a mí, boca abajo, dormitando, era un murciélago. Avisé al celador para que lo espantara, lo quitara, no sé...hiciera algo.Me respondió que no iba a hacer nada, que "ya avisaría"- ¿a quién?¿a las asociaciones protectoras de animales?¿al ministerio de justicia?¿al seprona?-y que tenía suerte, porque los murciélagos se comían los mosquitos, así que no me picaría ninguno durante la entrevista ya que mi cabina era la única vacía y abierta. El murciélago y yo pasamos juntos más de dos horas. Él no se movió y yo no me comí ni un mosquito. Mi cliente me acribilló a preguntas y yo me fuí llena de dudas: ¿cómo reaccionaría yo si tuviera que ingresar en prisión?¿qué haría?¿cómo me salvaría de la desesperación?¿me moriría antes de miedo? Desde aquel día siempre pienso que lo único a lo que podría agarrarme es a las palabras, a escribir.Escribiría para no volverme loca y para no terminar arrancándome con cualquier reclusa los mechones de pelo. Esa idea me tranquiliza y me hace sonreir un poco cada vez que se cierra la primera puerta y atravieso el patio vacío de la cárcel. Mi cliente no lleva maleta. "Todo está dentro de nosotros mismos" que me decía Dani, mientras daba sorbos al Assam superb. Mi cliente lleva puesta su carcajada de muchos litros de cerveza. Antes de que se me achinen los ojos me despido y le doy un abrazo. La próxima vez que le vea será a través de un cristal. Un muro opaco hecho de cansancio y polvo que no tiene nada que ver con las ventanas de mi casa, por la que huyen las horas este verano.
En la cárcel no hay estaciones."Four seasons in one day".
En mis sueños no hay días.
En mis días solo me dan cuerda los montoncitos de palabras.
En mis palabras no caben esquemas.
Abro el libro de Galeano: un tren da vueltas sobre una vía con forma circular; en el extremo opuesto y sobre los raíles navega un barco velero. Debajo leo: "Recordar: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón".
Hay un pequeño terremoto en mi aurícula izquierda.
Tiemblo en las carreteras secundarias.
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