martes, 15 de julio de 2008

Elígeme a mí



En aquella época nadie quería adoptar a un niño negro de cuatro años.Yo nací en un burdel del que apenas recuerdo nada, salvo la tarde en que murió mi madre y a mí me cuidaban todas aquellas mujeres desnudas.Ese fue mi primer recuerdo: el llanto en aquel local- mi casa- de las mujeres desnudas que me pasaban por sus regazos. Después me recogió mi padre, que era uno de los chulos que había explotado a mi madre, pero en seguida se cansó de mí y me dejó, poco más o menos como en los cuentos de Dickens, a la puerta de un orfanato. Allí se vivía bien. Nos trataban con cariño, había niños de todas las edades y como siempre solían adoptar a los bebés, a los más pequeños, los que ya superábamos el primer cumpleaños vivíamos allí de forma más o menos sosegada.Hasta que el Estado se quedó sin dinero y comenzaron los recortes.Mantener un niño al día en ese tipo de centros era una pasta, así que comenzaron a fomentar la acogida y prometían grandes beneficios fiscales a las familias que se apuntaran al nuevo programa. Yo fuí uno de los primeros en salir del orfanato y uno de los primeros en regresar.La primera familia que me acogió tenía dos niños de mi edad, más o menos y eran cariñosos.Desde el primer momento insistieron en dejarme claro dos cosas: ellos no eran mis padres (sus hijos eran los que Dios o la naturaleza les había dado) y aquella no era mi casa, sino un lugar de paso, un refugio temporal. A mí no me dolió. Yo ya tenía cinco años y me trataban bien.A ella le llamaba mamá y aún voy a verla ahora, cuando regreso a mi país. Era fácil vivir con ellos.Lo difícil fue encajar el plazo, hacer las maletas, volver al orfanato y esperar a que te vuelvan a sacar en acogida cuando otra familia pasara una mala racha económica.Con la siguiente no tuve tanta suerte: se quejaban de que yo era demasiado revoltoso, muy inquieto,decían que no podían controlarme, me reñían contínuamente, así que...me escapé. Volví al orfanato y a la lista de espera, pero con anotación al margen: ya era un niño difícil.Lo que sucedió luego lo empeoró más: las siguientes casas en las que estuve me miraban como el cheque que les iba a sacar de la crisis al final de mes y se despreocupaban de mí.Nadie se fijaba en el niño con su maletita que esperaba una casa: yo solo estaba allí de paso, no había que cogerme cariño, no era necesario quererme, solo dejarme ocupar una cama durante un tiempo, nada más.Así que seguí escapándome de aquellos lugares: salté ventanas, recorrí campos de trigo, caminé por carreteras vacías de noche y siempre regresé al orfanato. Al cabo de unos años ya se volvió una misión imposible darme en adopción o en acogida.Mi historial era el de un niño difícil, complicado, que ya tenía recuerdos, una estatura considerable y que seguía siendo negro en un país de blancos.Ahora están de moda las niñas chinas, los bebés ucranianos, hasta Angelina Jolié ha hecho una familia sacada de un anuncio de Benetton...pero hace veinte o treinta años nadie quería algo distinto en su casa."Que se parezca a mí" era lo que pedían.Y yo me parecía a lo peor de la población, así que quién iba a quererme.Pero tampoco ahora la gente quiere adoptar a los niños mayores, buscan bebés; los mayores se siguen quedando en la segunda fila, se ponen las mejores galas cada vez que llega una familia, se peinan con raya, las niñas se llenan de lazo y sonríen enseñando mucho los dientes para que la familia vea que se los lavan..."Elígeme a mí" decimos todos. A mí. Si me vas a querer, elígeme a mí, si no, pasa de largo.O adopta un perro, él es un amigo fiel; yo no, yo cualquier día me puedo marchar.

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