
Vivo entre camisetas y a veces me pesan los escotes demasiado bajos. Llego a casa a mediodia y busco en el armario alguna de chico, de esas que siempre he robado por puro fetichismo. He de reconocer que me gustan los chicos con camiseta más que con camisa, no sé porqué. Quizás porque estudié en una universidad del Opus- sí, tenía que salir algún día- y allí todos los tíos iban de uniforme (barbour, jersey de cashmere granate, verde o azul marino, camisa de rayas a juego, vaquero ancho y mocasín) cosa que me repelía bastante.Me daban grima la universidad y los uniformes. Yo siempre me quedaba mirando a los que llevaban bomber- era la época- camiseta, a ser posible blanca o gris, y zapatillas. Después me enamoraba de ellos y me imaginaba cómo me llevaban de la facultad a casa, en el asiento de atrás de su vespa. Mis amores platónicos en aquella época tenían un orígen estético y una finalidad meramente utilitaria.Yo quería un novio que me llevara al cine los domingos y que me ayudara a cruzar la avenida Pio XII, donde yo vivía; los coches iban a toda velocidad por sus dos carriles y el dueño del estanco que había enfrente de mi piso iba en silla de ruedas, así que yo sospechaba que el cruce- por mucho semáforo que hubiera- tenía algo que ver con la mala leche con la que aquel hombre me vendía los periódicos.
Corrían tiempos de beatificaciones y novenas-habéis leído bien- y cada mes de junio, el ir a buscar las papeletas, era más duro que hacer el camino de Santiago. Yo aumentaba geométricamente mi número de suspensos y lo cierto es que cuando llegaba a casa en verano y veía la cara de decepción de mi padre se me hundía el mundo, por la culpa, pero después el derecho, el expediente y todo eso me importaba más bien una mierda. Había pasado de ser una estudiante modélica- brillante, rápida y ambiciosa, tanto que me perdió la vanidad- a convertirme en una masa gris.Una masa de todo: cerebro plano, culo frontón y diez kilos de sobrepeso con un principio (diagnosticado) de bulimia, en una época en la que ni siquiera Lady Di había hecho la entrevista-confesión en la que salía con la carita ladeada. Mi autoestima vivía en las antípodas, porque por mis veintipocos años no pasaba y cada vez que empezaba el mes de julio yo me encerraba en el cuarto más pequeño del apartamento con bolis y bicolores para preparar mi plan de estudio- me hacía unos horarios preciosísismos llenos de colorines- y ponerme a régimen. Me aburría profundamente y pasaba el verano escondida entre camisetas, pero las de entonces eran siete tallas más grandes y yo les pegaba las hombreras- todo tenía hombreras, hasta los tirantes del pijama, era una plaga- lo que convertía mi silueta en algo confuso.Rehuía los espejos y jamás bajaba a la playa, era una freaki auténtica, blanca y malhumorada por los pasillos del apartamento. Lo único bueno que recuerdo de las vacaciones de aquellos años eran los libros, porque como me aburría estudiando y había que pasar horas en el zulo yo me aprovisionaba de novelas y me escapaba dentro de sus páginas.
Los chicos con camiseta- en Benicàssim había muchos, además con ilsutraciones surferas y ya comenzaban los primeros indies a dejarse caer por la costa- ni me miraban. Yo entraba en los pubs con el culo pegado a la pared, para que no me vieran , mientras mis amigas- todas muy guapas, estupendas- se turnaban en el podium del vestido más lycrado y más bonito. Siempre había tíos a su alrededor: mientras esperaban que alguna de ellas les mirara me daba palique a mí y después de un rato de conversación insípida me dejaban a un lado, como si fuera la revista de la sala de espera, y le confesaban su amor a la otra. Gracias a eso descubrí lo escasos de recursos que eran algunos chicos a la hora de ligar y empecé a decantarme por aquellos que, como se dice ahora en las entrevistas, me hicieran reir.
Pero como Betty la fea cambié. Adelgacé, me tomé menos en serio, aprendí a vestirme como quería y a no salir por cubrir el expediente, sino porque me divertía. De eso ha pasado ya bastantes años. Me curé del principio de bulimia y ya no me castigo tanto con mi aspecto.Ahora hasta me gusto de vez en cuando, cosa que para mí ya es un éxito. Por eso cuando alguien ahora me hace referencia a lo que he adelgazado- hace ya, también, diez años, que no he sido más de cinco obesa y tampoco era para tanto-me toca los cojones: ¡qué manía con recordar siempre ese estigma! ¿No he hecho nada más importante en esta vida que eso? Maldita talla treinta y ocho y la gente que la diviniza. No sé dan cuenta del daño que hacen en cada persona en concreto con eso.
Pero yo venía a hablar hoy de las camisetas y no de los problemas Cibeles (otro día cuento mi visita a la pasarela Cibeles y lo poco que me gustó la experiencia, que es gracioso) . De cómo me gustan. Las camisetas son la bandera de nuestra generación. En la época de mis padres triunfaban más los polos, pero nosotros somos los niños de las camisetas. Mi preferida de pequeña era amarilla con rayas negras y rojas, como la bandera de Alemania, muy ceñida y ponía 625- yo creía que por un programa de la televisión que se llamaba así, "seiscientas veinticinco líneas"- y a mí me encantaba ponérmela con vaqueros. Uau!! Con ella me veía rebelde, hacía carreras con los chicos, me subía a los capós de los coches para jugar a vaqueros y si alguno me preguntaba quién era, respondía muy seria: "yo, Juanita Calamidad".
Hace unos años- ya en mi peso normal- conocí a un chico que me hizo sufrir gratuitamente. Una de las últimas veces que nos vimos y después de decirme tres lindezas de esas con mala leche que ahora ya ni recuerdo, me regaló- no sé porqué- una camiseta suya con barcos. "Es la que llevaba yo la primera vez que nos vimos" me dijo mientras sonreía con el colmillo afilado, como hacen los lobos. Yo la metí en la maleta y la escondí en un cajón al llegar a casa. Después discutimos, le mandé a la mierda- es la única vez q he mandado a la mierda a alguien y lo bien que me sentí al hacerlo- y ya no le cogí nunca más el teléfono (tampoco lo he hecho con nadie más, yo suelo ser bastante civilizada para estas cosas). Un domingo mientras arreglaba los armarios encontré aquella camiseta y, pese a que estaba lavada, seguía oliendo a él o yo, que soy una sinetésica perdida, al verla recordé su olor. Me dió tal bofetón aquella prenda que no dudé un momento: cogí unas tijeras, hice un corte pequeño y con las manos la convertí en trapos para los zapatos. Si llego a saber que aquello era tan placentero lo hago antes y me pongo hasta música de gritar para terminar así el exorcismo. De cualquier manera lo hice.Creo q con la mudanza he perdido hasta aquellos trapos, pero da lo mismo, nunca pensé en cogerles cariño.
Las camisetas o la vida. La vida en la camiseta.
Estoy tumbada en el sofá, mientras escribo y llevo una de las que salen en la fotografía, gris oscura, un par de tallas más grande.Me gusta mucho.Es una de mis preferidas.
7 comentarios:
Eso tiene que descargar más y mejor que lo de repartir chapas con la frase "Odio a X" para generar la impopularidad del sujeto por los garitos de moda ;)
(me animo por primera vez pero no por última)
¿Cómo que aguantar? ¡Lo adoramos!
Magenta...¿Odio a "x" en chapas?...tal vez "x" sea el mismo de las camisetas y entonces...espero verte por aquí a menudo y en persona cuanto antes.
Por cierto lo de las chapas era la idea más brillante que escuché hace tiempo y la explico: consistía en dejarse caer en los lugarse de "rabiosa actualidad" de Madrid con una chapa que pudiera "odio a X" y cuando todo el mundo preguntara quien es "X" responder...nadie, un "freaki" (?) un ...agggg no me acuerdo!!! pero sé que era una venganza pluscuamperfecta.Y si fuiste tú quine la ideaste....espero q vuelvas.Besooooos!!!
Guaje...que al final voy a terminar con un blog que se llame Superpop!!!Y no por la música sino por mi tono de quinceañera...Pero me alegras, así que un beso fuerte,guaje.
Un indeseable. Había q decir que X era un indeseable ;)
Y claro que nos vemos, por aquí y prontito en persona. Que yo tengo todo el verano en paro por cortesía de mi empresa y hasta septiembre-octubre no me reincorporo!
y qué placer salir de la ducha y ponerse una camiseta super gastada, lavada y oliendo a suavizante, ancha y por supuesto! de algodón, mmmmmhh, yo soy de las que cuando se compra una la hace viajar por el universo de la lavadora en 2 o 3 ocasiones, hasta que pierde el orgullo, como las cebollas en la sartén... tengo un montón, y se las robo a N, la pena es cuando empiezan a salirles agujeritos por puntos que se sueltan... pero resisten,las malditas viejas condenadas, y yo las adoro!
bonito post.
un abrazo
Las camisetas deberían ser un must de todos los armarios. A mí me chiflan tal y como tú las cuentas, nínive, pasadas por lavadora, anchas y blanditas, como los vaqueros.Dulces y sin vida propia, pero con su cuento pequeño.
Un beso
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