lunes, 23 de junio de 2008

El verso suelto



Me despertaba tarde, a eso de las diez, cuando las calles de Chueca pr primera vez en el día se callaban y Giorgio ya se había ido a trabajar. La buhardilla se quedaba suspendida en el silencio y yo, descalza sobre el sofá cama, abría la trampilla del techo y dejaba que el sol entrara. Siempre quise subirme al tejado, sentarme allí y pasar un rato largo curioseando e imaginando historias de azoteas. Pero no me atreví: tengo poca confianza en mis habilidades físicas y en la resistencia de las cubiertas antiguas. Mientras desayunaba ponía el cedé recopilación que le grabé a Giorgio-"mi costa brava"- y bailaba escalera arriba, escalera abajo sobre la canícula de agosto. Después de la ducha me tumbaba en el suelo hidráulico como si estuviera en la playa y cogía mis textos, el boli rojo y empezaba a corregir. Conseguí aprenderme las marcas y dominar los márgenes para que cupieran todas las correcciones. No se me escapaba ningún acento y calaba los gerundios incorrectos a primera vista. Me encantaba leer de aquella manera. Aprendí que la gramática y la ortografia eran solfeo y la literatura, una sinfonía. Limpiaba los textos, los ordenaba, intervenía lo mínimo, tenía alma de orfebre y aprendía la delicadeza del ikebana. Así pasaba mis vacaciones, rodeada del Panhispánico, las dudas de Seco y la agudeza de Sarah mi profesora. Al mediodia quedaba con Belu, que por razones muy distintas a las mías también había recalado en Madrid. Comíamos tortilla de patata, salmorejo y croquetas en las bodegas la Ardosa, junto a Fuencarral y después de las risas yo me iba a clase. De noche, cuando volvía a casa Giorgio y yo buscábamos una terraza en Malasaña y él me reñía por mi educación sentimental- tan inexistente a veces, tan burda- y yo me despistaba con los nombres de las calles. Después llegábamos a casa y él se subía para hacer menos duro el madrugón y yo me quedaba mirando el cielo por el ventanuco que había entre las vigas de madera. Subían la música y el rumor de los coches, pero entraba un poco de brisa con luna. Una noche él se puso a tocar el piano y yo me quedé dormida oliendo a jazmín. Antes de irme le dejé este trozo de canción en la pizarra que había junto a mi sofá-cama. La última vez que subí a la buhardilla seguía allí. De las vigas del techo colgaban poemas, entre ellos algunos de Pavese. Yo era, aquel verano, el verso suelto entre banderas rojas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me levantaba pronto. Zaragoza mantenía aún la noche en el regazo de la madrugada. El autobús esperaba hasta las cinco y cuarenta y seis. Luego partía. Y Zaragoza me liberaba de su abrazo conforme la oscuridad de la carretera me conducía, tras casi cuatro horas de viaje, hasta dar con mis huesos desencajados por el sueño en la estación de la avenida América. Madrid nacía entonces bajo la luz amarilla y blanca de un nuevo día. La mañana rodeaba mis pasos en el lado soleado de Príncipe de Vergara, Juan Bravo, Glorieta de Rubén Darío, Almagro y Hortaleza. Ya a mitad de Hortaleza, la primera luz del mediodía se reflejaba a lo lejos, sobre las bóvedas de las azoteas de los hoteles de la Gran Vía, al fondo, a lo lejos, Hotaleza abajo: las cúpulas del Petit Palace o del Villa de la Reina o las del Senator… Allí, sobre el cielo azul, de ese azul tan blanco del mediodía de Madrid, yo estaba convencido que aquella calle estrecha me conduciría hasta dar con mis huesos desencajados por el sueño en otra ciudad: París. Y sonreía, allí, en mitad de la calle Hotaleza. Cuando el tráfico de Gran Vía me ahogaba en su regazo de ruido y humos tóxicos, yo ya no estaba allí.

evamaring dijo...

El otoño, el principio, olía a espera, frente a la FNAC, en Callao.Tú sacabas el plano de la ciudad y yo me perdía en glorietas y proyectos.Acechaba noviembre y aún llevábamos camisetas y una bolsa par el fin de semana: los trenes, las pensiones, los menús del sábado y saber que contaba cin vosotros, con Miguel y contigo, a la vuelta de un viernes en Atocha, al salir de clase en las Descalzas. Todos los recuerdos son dulces, todas las luces son de bohemia.
Mil besos, garp.Disfruta mucho del verano y del agua.
eva

ninive drake dijo...

me encanta Richi y la conexión que tienens con él y con sus cosas,seríais mis perfectos vecinos... en Malasaña, o donde sea.

un abrazo de los envolventes

evamaring dijo...

A mí también me encantaría que fuéramos todos vecinos, pero en cierta manera es como si lo fuéramos, vecinos de blog.
Y sobre Richi creo que es él, que tiene "el perfume", esa capacidad para llegar a los demás y generar redes. Es parte de su encanto.
Besos guapa!!!