Mi abuela se pasó los dos días anteriores a su muerte cantando "Caminito" (en eso, como en tantas otras cosas, mi abuela fue una precursora: aún no estaba enfermo de gravedad Fernando Fernán Gómez y lo de ese tango en un funeral, al menos en mi zona, era una innovación) bueno, cantando solo la primera estrofa y el estribillo, pero eso sí, con toda la potencia que sus pulmones marchitos le dejaban entonces. Gracias a su despedida arrabalera nos dejaron una habitación para nosotros solos en el hospital : someter a cualquier otro paciente a aquella tortura, aunque hubiera acudido a urgencias de madrugada a limarse la uña del meñique, era demasiado cruel. Yo a menudo recuerdo cómo retomaba el inicio del tango, una y otra vez, sin descanso, con los ojos deshilachados y sonrío. La muerte de mi abuela, aunque previsible, fue uno de los hechos más sombríos de mi vida. Pero ese detalle, el de "Caminito" hace que cada vez que recuerde esa epoca no me deje llevar por la tristeza de su ausencia.
Es el lado tierno del dolor. La parte dulce, cuando existe.
Hace una semana esperaba en la consulta de un médico de la Seguridad Social, área de psiquiatría. Ajena a los problemas de los que me rodeaban y como mi espera iba para largo, saqué la moleskine y me puse a pintar (llevaba los rotuladores en el bolso y me dió una colleja la inspiración- llámese aburrimiento- así que me puse a pintar diagramas de Euler Venn por la libreta) logrando con ese gesto camuflarme entre los de la sala como una paciente más.
Estando allí comenzaron a suceder cosas. Estábamos sentados en hemiciclo, sobre sillas de plástico y frente a mí se colocaron un hombre de cuarenta años al que acompañaba una señora mayor. El hombre estaba agitado y murmuraba en tono bronco.La mujer fue paseando hasta la silla, igual que si caminara entre acequias y campos de naranjos, parecía que en lugar de la pared de azulejos marrones que nos alicataban las ideas, ella, lo que viera, fuera un cielo azul como los que pinta Manuel Vicent. El hombre abrió un libro que llevaba entre las manos y que pesaba más que un tomo de la Espasa. Lo tenía forrado con papel de plástico y manejaba un bolígrafo mientras iba sacudiendo las páginas, de vez en cuando frenaba en seco, gruñía y tachaba algo. Me fijé en el título: "El conde de Montecristo". Al cabo de unas cuantas correcciones subió la voz y mirando a la mujer comenzó a decir: "mecagüenmiputamadre, mecagoenmiputamadre, mecagüennnnmiputamadre, me-ca-go-en-mi-pu-ta-ma-dre" y así haciendo variaciones sucesivas sobre esa frase. La mujer no perdía la sonrisa. Tendría casi setenta años y habría dormido con rulos la noche anterior, porque estaba bien peinada y no daba la impresión de salir de la peluquería. Había dejado el bolso sobre su regazo y continuaba contemplando el paisaje. Respiraba pausadamente, con compás incluso, y cuando se cansó de tanta paz, sin cambiar de postura le dijo a su acompañante: "Hoy tendrás que ayudarme a colgar las cortinas". El hombre se calló y volvió a sus tachones en "El conde de Montecristo". La señora volvió a su vega.
Junto a ellos estaba sentado un chico más joven, fuerte y muy moreno, con vaqueros, botín cubano y camiseta que se alegró mucho cuando vió cómo llegaba a nuestro rincón en la sala de espera- análisis, pacientes, recetas, médicos, visitadores, impresos-un chaval gordito y blanco, con un polo azul marino y bañador. Se saludaron afectuosamente y se acomodaron el la sala: les faltaba la barrita y dos cervezas. El más blanco le preguntó al otro cómo le iban las cosas, y el moreno se sentó en la silla convirtiéndola en una hamaca de playa.
- Bien...- se reía y cogía una cadena de oro que llevaba en el cuello para pasársela por la boca y chuparla- aquí, tirando...¿Y tú?
- De puta madre. Ahora con esta médico, de puta madre.- Y apretaba los labios mostrando su satisfacción.
- Pero, ¿estuviste chungo, no?- inquirió el otro con la cadena sobre la lengua, en columpio.
- Sí tío, me puse muy psicótico- y se giró para contárselo con la misma naturalidad con la que uno habla de que acaba de pasar la varicela- me metí pastillas, coca, mucha coca...bueno, de todo. Y claro, me puse psicótico. Es lo que pasa, que cuando me meto, me entra la psicosis.
El blanco dijo esto y se quedó mirándome. Yo había dejado de dibujar y les escuchaba embelesada. Bajó los ojos hasta mis piernas y se detuvo en la moleskine. Al ver mis dibujos hizo un gesto al compañero con la ceja como si le indicara: "Fíjate en esta. Yo me puse psicótico como esta". El chico moreno- sin sacar la cadena de la boca, ni mover los codos de las sillas de su lado- alargó el cuello y movió la cabeza. Me miró. Yo agaché la cabeza y escuché su suspiro lleno de compasión.
- Es que es chungo- dijo- yo también me pongo psicótico (ahora bajó un poco la voz al decir esa palabra) a veces y no mola.
Dejaron la psicosis para otro día y comenzaron a hablar de conocidos comunes entre risas. El moreno invitó al blanco a fumar, preguntándole antes si le dejaban.
- Sí, sí- contestó el otro muy cierto- con la psicosis lo único que no puedo tomar es coca, pastillas y vino.
Ya se marchaban hacia fuera del hospital cuando de una de las puertas del laberinto salió la enfermera con un volante en la mano y dijo el nombre de uno de ellos, del más joven, del más blanco. Se despidieron con palmadas en los hombros y cada uno se metió en un pasillo. Al cabo del rato, el blanco salió con la mano sujetándose el pliegue interior del codo contrario. Dijo adiós a la enfermera y se fue.Ni me miró, pese a mi estado. El moreno no regresó a la sala, al menos durante el tiempo que estuve allí, que fue más de una hora; creó que dejó su visita para otro día.
Al final de la mañana, cuando la enfermera salió y pronunció mi nombre, en mi libreta habían crecido margaritas. Fue entonces, cuando de lejos, me pareció escuchar a mi abuela cantando "Caminito".
2 comentarios:
qué figura tu abuela!!!! y qué recuerdos más imborrables te dejó!!! ese tema es precioso, amo los tangos...
lo del tema de la psicosis es apasionante: es la enfermedad de Jeckill y Hide, aunque el primer caso que cuentas es lamentablemente frecuente, madres voudas o abandonadas en vida con niños que "no están bien", a partir de cierta edad se hacen más fuertes que la madre y si unimos a eso cuadros de violencia y agresividad pueden dar situaciones terribles, esas madres coraje tienen el cielo ganado, saben como manejarlos porque tan pronto pasan de ser bebes de teta como el increíble Hulk cabreado porque le han timado en el mercadillo... y ellas lidian todo eso con una sonrisa y un amor enorme volcado en ellos, no hay mś vida que a vida de su hijo y el sufrimiento de que el día de mañana no saber qué pasará con ellos.
Me has tocado la fibra, porque veo casos a diario y son muy dramáticos; de los otros que hablas también tenemos un par que afortunadamente no rechazan su medicación y son personas bastante divertidas, eso sí, en plena crisis no envidio la papeleta de los que estén a su alrededor..
un beso guapa!
Otra vez el espejo Nínive. Yo estoy especialmente sensibilizada con el tema de las enfermedades mentales: me apasionan y me descorazonan a la vez y de una forma tan demoledora que me asusto.El post está escrito desde el respeto q siento hacia ese tipo de enfermos y sus familiares, q sufren lo indecible y se ven en la mayoría de casos aislados e incomprendidos, lo q aumenta su dolor.
Una de las personas q más admiro y aprecio es psiquiatra, un gran psiquiatra y de las miles de cosas que me ha enseñado es a tratar a estas personas con cariño y respeto hacia su dignidad. Lo que dices es muy cierto.Sus vidas son, por lo general dramáticas, pero hay momentos en los que se te escapa la ternura hacia ellos. A mí me sucede a menudo en el despacho, en el que, como tú veo gente que padece este tipo de enfermedades y adicciones. El tema es infinito, pero me reconforta mucho saber q hay alguien q - también en esto- se siente igual q yo.
Así q gracias especialmente hoy por tu comment.
Besos
eva
ps: De mi abuela sale una novelón. La mejor herencia q me dejó fue compartir media vida con ella.Ya hablaré más de sus historias, porque fue una mujer increíble, independiente, culta, inteligente y muy abierta, extraordinariamente adelantada a su época. Y la quise con locura, la verdad.La sigo queriendo con locura.
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