martes, 6 de mayo de 2008

La herencia de Atticus Finch



Llegaba tarde a casa, un poco antes de que nosotros cenáramos y me traía lápices de colores, unos folios muy finos- casi de papel de seda- y tebeos del guerrero del antifaz, que luego leíamos a medias. Mientras se desanudaba la corbata yo le seguía por el pasillo, pegada a sus pasos como un gato y cuando mi madre le besaba y se iba a la cocina, aprovechaba para sentarme en una butaca de la que me colgaban las piernas y pedirle una historia.
Él me explicaba sus asuntos, y yo me quedaba quieta con las pestañas electrificadas y los ojos muy abiertos; me hablaba de sus clientes y usaba palabras que en mi cabeza eran dragones: inocente, asesinato, fiscal, careo- mi favorita- o pruebas; después, la cena interrumpía el misterio, la realidad sabía a bocadillo de tortilla y si la película tenía un rombo discutíamos la hora de irme a dormir. Si tenía dos no había negociación, el pasillo era una rampa de despegue hacia los cuentos y las sábanas que escondían chispas de electricidad al mover los pies.
Crecí enmedio de una especie de esquizofrenia jurídica por la que cualquier acto era calificado de justo o injusto, desde que te castigaran en clase, hasta que yo le quitara en un descuido las patatas fritas a mi hermano (la verdad es que a él siempre le ponían más, por ser más pequeño y a mí los celos me mataban; pero tal vez la injusticia vino antes, al hacerme mayor de golpe con un hermano, sin pedirme permiso para expulsarme de la burbuja del hijo único.)Una tarde no nos dejaron salir a la calle porque habían convocado una manifestación- debía ser pequeña, pero yo imaginaba una masa incontrolada de gente- frente a su oficina y entonces supe que mi padre estaba del bando de los indios, porque luchaba solo y defendía la verdad, aunque ésta fuera una causa perdida. Recuerdo que mi madre aguantaba con los labios apretados las críticas de su familia mientras estaba pendiente del teléfono y cuando él regresó, agotado y con los ojos brillantes , ella le riñó por haberse puesto en contra de aquel grupo de trabajadores, aunque en el fondo sé que estaba tan orgullosa como yo de vivir cerca de un (?) héroe.
En aquella ocasión mi padre se convirtió a mis ojos en un rebelde. Desde mis cucharadas del petisuisse me parecía el más valiente de todos los padres del mundo, pero eso le pasa a todos los niños y yo- que además padecía un complejo de Electra de libro- no iba a ser una excepción. Así que todo era más o menos normal: mi padre jugaba a ser Perry Mason y yo le encontraba más guapo que al rubio de Starsky y Hutch.
Hasta que una noche, y pese a que saliera el maldito rombo en la esquina derecha de la pantalla, no tuve que pedir un cuarto de hora más para quedarme viendo la tele. Mi padre y yo nos quedamos solos y descubrí que la admiración que sentía por mi él tenía sus raíces en algo más profundo, en algo que iba a determinar mi manera de enfrentarme a la vida. La culpa la tuvo Atticus Finch y la película que parecía estar hecha para nosotros: "Matar a un ruiseñor".
Por muchos años que pasen no podré olvidar nunca el momento en el que Gregory Peck- que también lleva gafas y raya al lado en la película, como mi padre- le lanza a su cliente negro un objeto para demostrar que es zurdo y demuestra con ese golpe de efecto que no puede ser el asesino. Yo dí un salto en la silla. Después le miré a él, que sonreía con la anticipación del que sabe, y entendí que el parecido iba más allá del pelo negro o de la mandíbula cuadrada: mi padre era Atticus.Los dos permanecimos callados hasta el final de la película y al día siguiente cuando todas mis compañeras hablaban de ella en clase yo no pude decir nada: nadie iba a entender mi parecido con Scout.
Tenía catorce años la primera vez que le ví en un juicio, sentada en un banco de madera. Me escapé del instituto y entré a mitad de la vista. No había un acusado negro, pero sí dos pobres gitanitos que apenas sabían hablar. Les acusaban de haber entrado a robar en una casa y cuando la señora que les denunciaba declaró, mi padre me miró e hizo una pregunta que fue como el lanzamiento de Gregory Peck al zurdo, un golpe mortal.
Después le he visto hacer ese gesto en otras ocasiones, con más o menos fortuna, con mayor o menor destreza, pero cada vez que se gira desde el estrado y me busca entre los bancos sé que piensa en Atticus Finch y en el peso de su herencia jurídica. Yo le sonrío y le prometo que cuenta conmigo, aunque nunca Scout llegara a ser tan valiente ni tan honesta como lo fue su padre.
......del primer blog "La jaula de Dú", pero me copio- o me repito- porque hoy al abrir la puerta de su despacho le he visto, por primera vez, cansado. Y por él repongo hasta los capítulos emitidos.

3 comentarios:

ninive drake dijo...

precioso.


algo tan íntimo no merece ser debatido.

Acato y punto. ;)

lluna dijo...

te escribo para que compruebes que leo tu blog.

2 cosas:

1. ya sabes que para mi madre Gregory Peck es sagrado y ésta es su pelicula favorita.

2. YO recuerdo haber ido a ese juicio!!!

evamaring dijo...

¡Qué memoria!! me dejas impresionada.Solo hay una persona q reúna esas dos condiciones, aunque yo hubiera olvidado la segunda. Sé que me lees e imagino q mientras lo haces sacas una bolsa de pipas de la cazadora vaquera, como hacíamos entonces.
Mil besos