miércoles, 14 de mayo de 2008

Erre que erre


de maRías. Redonda. oxfoRd. Región (por J.Benet).madRid. Real.
y liteRatuRa, cómo no.
Por fín hoy me he descargado el discurso de ingreso de J.Marías en la RAE, leído en la recepción pública celebrada el pasado 26 de abril. El título me Reconforta - "Sobre la dificultad de contar"- y su lectura me resulta iRRegulaR: a ratos me sobran las citas (demasiado extensas: ni los académicos, ni el auditorio ni los lectores somos tan lentos como el presume) y más que nunca encuentro los defectos de los que siempre le acusaba con desproporcionada-?- mala leche los de la revista "La fiera literaria". En realidad la impresión que me produce el texto es de algo a lo que se le concede tantísima importancia que al final sale forzado, cumple los requisitos pero no tiene brillo. Como una lección aprendida de memoria: no falta una coma pero tampoco eran necesarias esas comas.
Sin embargo me alegro del ingreso en la academia de Don Javier Marías- mucho más que del de José Mª Merino, quien me dió un taller de cuento como si explicara el funcionamiento de la tricotosa, sin emoción alguna, y ya no hablo del léxico; sus razones tendría para estar en Babia, de donde procede, pero qué desilusión, qué lástima...- y al pensar en ello recuerdo una historia que leí en una de sus novelas o tal vez en una recopilación de artículos (no sé si en "Mano de sombra" o en la anterior "El hombre que parecía no querer nada") en la que hablaba sobre las críticas surgidas al ingresar en la Academia Antonio Muñoz Molina ( al que durante un tiempo apodaron, pobre santo, "El jinete polanco") uno de esos escritores al que yo aún admiro.
Muñoz Molina ingresó en la RAE en 1996 y en aquel momento era el académico más joven. Contaba con el rechazo expreso de clásicos vivos como Cela, quien públicamente le había calificado de pseudoescritor, y con la insolencia que da el talento y la juventud al mismo tiempo, es decir con una considerable ventaja frente al resto. El día de su ingreso en el templo- tacháaan- leyó un maravilloso discurso ficticio basado en un discurso apócrifo de Max Aub en una Academia Imaginaria, es decir, logró el más difícil todavía, hizo un triple mortal sin red al transformar en ficción a la Real institución de nuestro lenguaje. No tenía bastante el chaval de Úbeda con aguantar las ausencias evidentes de sus detractores- dinosaurios de los cafés y de las letras- y de ser cuestionado por su cuasi adolescencia cuando llegó el siemprensusitio columnista Antonio Burgos y, además de calificar su indumentaria como "hortera y más propia de un camarero de bar" la emprendió con su padre, un hombre de la oliva de Jaén, que escuchaba conmocionado por el empaque de este tipo de actos en una sillita como su hijo desafiaba a la Academia con una voltereta literaria. Antonio Burgos, lleno de clase como tantas otras veces y rezumando ese gracejo que le caracteriza, criticó la forma de vestir del padre de Muñoz Molina, tachándole de ignorante por no conocer las normas que la "etiqueta" dicta para este tipo de saraos. Y lo hizo en un periódico de tirada nacional sin rubor alguno.
Fue Javier Marías quien, sin tocarle para nada el asunto, le contestó de igual manera, en otro periódico de tirada nacional y se ve que al señorito Burgos su respuesta no le hizo ninguna gracia. No mola recibir lecciones cuando ya creemos que lo sabemos todo. No mola que nos pongan en evidencia.No.No mola nada.
Ahora Javier Marías ingresa, doce años más tarde, en su soñada academia, donde ocupó sillón durante mucho tiempo su padre, Julián Marías, el filósofo traicionado por su amigo y al que tan poco se le reconoce en nuestro país. Rarezas aparte del novato, lo cierto es que el gesto que tuvo con Antonio Muñoz Molina le honra. No basta solo eso para ocupar un sillón en la academia, pero tal vez si pidieran algo así como mérito la verdad es que muchas de sus letras estarían vacías.
Y el diccionario...¿RespiRaRía?

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